Ante la persistente negativa del régimen persa en dejar de lado su programa nuclear, o incluso para entrar en negociaciones serias, el presidente Barack Obama acaba de prometer sanciones estrictas y duras para la República Islámica de Irán. Dichas sanciones, e incluso los embargos, no causarán problemas al Gobierno iraní del líder supremo Alí Jamenei y de su representante, el presidente Mahmud Ahmadineyad. Tales sanciones no lograrán revertir el curso y poner fin al controversial programa nuclear. En verdad, nada va a convencer al actual régimen iraní a retroceder en su loca carrera para convertirse en una potencia atómica. Jamenei y sus estrechos colaboradores de los Guardianes de la Revolución Islámica son partidarios de considerar el proyecto nuclear como prioritario para mantenerse en el poder y continuar con el control de Irán.
Para Jamenei, Ahmadineyad y el Pasdaran iraní, alcanzar el poder nuclear significa: a) erigirse en un poder a partir de cuya fortaleza el chiísmo avance sobre la sunna representada en la región por la casa Saud (Saudi Arabia); b) fortalecer su régimen represivo ante la creciente oposición de la sociedad civil; y c) la obtención de armamento y poderío nuclear lo posicionaría en igualdad de condiciones ante su jurado enemigo israelí, situándolo en posición de poder ejecutar las amenazas lanzadas en reiteradas ocasiones por Ahmadineyad en relación a borrar al Estado judío de la faz de la tierra.
Si nos ceñimos a los acontecimientos y las conductas del régimen iraní de los últimos tres años, incluso con las sanciones y embargos, difícilmente su dossier nuclear se pueda detener a esta altura de los acontecimientos, y en este sentido Francia lo ha percibido y de hecho su canciller lo ha declarado en la Unión Europea. Lo mismo la Cancillería alemana y hasta Moscú han despertado de su sueño auto-inducido y de años de colaboración con el régimen de Teherán.
¿Es una guerra la única opción? ¿Qué se debe hacer en consecuencia?
Es cierto que las sanciones todavía tienen un papel importante que desempeñar, pero se debe comprender cuál es ese rol. Ejercer presión económica sobre Irán no hará que su liderazgo revierta sus políticas en curso, pero sí puede convencer a la mayoría de los iraníes de clase media y baja que hasta ahora no se pronuncian contra “el establishment” que este régimen está más preocupado por mantenerse en el poder que por el bienestar de Irán.
La Presidencia de Ahmadineyad ha sido una profunda decepción para la mayoría de los iraníes y las protestas en las calles muestran esta decepción de forma pristina.
El candidato Ahmadineyad prometió en 2005 que iba a introducir reformas económicas y que llegaba al poder con políticas anti corrupción que prometió implementar, pero jamás cumplió. Cuatro años más tarde, la ciudadanía iraní vio con claridad que las reformas no se realizaron y que la economía había empeorado considerablemente debido, en gran medida, a las ingentes sumas de dinero destinadas a la financiación de grupos terroristas aliados de Irán en el extranjero (Hezbollah, Hamás, Jihad Islámica y los grupos insurgentes en Irak), así como las sumas gastadas en el programa nuclear y los sistemas de nuevos y sofisticados misiles.
Cansado de ser esquilmado; el pasado año, el electorado iraní votó por un cambio, y fue allí cuando los iraníes descubrieron cuán corrupto era su Gobierno cuando Ahmadineyad fue declarado ganador por mayoría de dos tercios el mismo día de la elección, aun cuando no todos los sufragios habían sido contados y cuando el voto real había sido abrumadoramente mayoritario a favor del líder opositor, Mir Hussein Moussavi, ello dio lugar a lo que se conoció como “la revolución verde” y los iraníes comenzaron a cuestionar la legitimidad de su Gobierno volviéndose la mayoría del pueblo contra el régimen a pesar de la cruenta y violenta represión que dejo un costo de cientos de muertos inocentes.
En este escenario, la impopularidad del Gobierno trepó a
“La inflación real fue del 31% durante 2009 y sin los subsidios a los alimentos básicos puede ser que supere tres veces ese 31% a finales de 2010”. “Los niveles de población desempleada en menores de 30 años de edad treparon al 25%” según el mismo informe de la cadena televisiva árabe. Todo ello muestra que la olla persa se encuentra en estado de ebullición.
Las sanciones y los futuros embargos deberían centrarse sobre todo lo que Irán esté solicitando del mundo exterior. Obama pidió a sus pares ruso y chino en la primera charla sobre el tema sanciones sobre todo “excepto alimentos y medicinas” y lo mismo para las exportaciones del crudo que produce Irán. Con ello, puede que Occidente logre aumentar la presión al punto que los iraníes en las calles digan basta a este régimen anti democrático y represivo.
Los manifestantes llevan casi nueve meses cantando: “Ni Gaza ni el Líbano es nuestro asunto; no a Gaza, no al Líbano. Irán es nuestro país”, lo cual indica el descontento popular por el apoyo del régimen iraní a Hamás y Hezbollah.
Pero lo importante es que Occidente comprenda que la presión económica, las sanciones y los embargos tienen su lugar en el conflicto con la República Islámica de Irán desde bastante tiempo atrás, y nadie debe equivocarse, Occidente esta comprometido en una guerra que este régimen iraní comenzó en 1979 contra él.
La guerra económica afecta a las clases más bajas antes que a los privilegiados del régimen. Esto es lamentable, pero si esa guerra económica se acompaña de una campaña de apoyo a la “revolución verde” de la misma manera que se apoyó las revoluciones de Polonia y del resto de Europa Oriental en el pasado, el pueblo iraní se sentirá apoyado y responderá positivamente buscando su propia libertad y emancipación.
En otras palabras: el presidente Obama y la secretario de Estado Hillary Clinton pueden y deben hacer algo más allá de las sanciones que se preparan en el Departamento de Estado y en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y si realmente quieren ayudar a frenar al régimen de Teherán, deben seguir el ejemplo del papa Juan Pablo II, del sindicalismo polaco y de Europa Occidental durante la confrontación en los años de la Guerra Fría y que dio lugar a la caída de la ex Unión Soviética.
Obama debe apoyar abiertamente y sin sonrojarse al pueblo iraní, tanto como el presidente Ronald Reagan lo hizo con los disidentes soviéticos de aquellos años. Así, la sociedad persa comprenderá el gesto y percibirá que realmente Occidente está de su lado y contra el régimen de los mullah que los están llevando directamente hacia el acantilado en todo sentido.
El liderazgo disidente iraní declaro hace pocos días en Alemania que: “ahora es el momento de quitarse de encima el régimen corrupto de Jamenei, Ahmadineyad y sus Pasdaran”. Estas no son declaraciones menores, pero es importante que la comunidad internacional comprenda qué efecto puede tener una guerra con Irán. Llegar a Teherán no será un paseo por el parque; de allí que resultan de importancia tanto las sanciones y el embargo, como también que con ello no resolverán la situación si no se presta abierto apoyo al pueblo y la sociedad civil de Irán.
*George Chaya es escritor, docente y analista político internacional experto en asuntos de Oriente Medio e Iberoamérica. Escribe regularmente para periódicos de España y los Estados Unidos. www.georgechaya.org

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