Los palestinos, por lo menos los que representa el Gobierno de Mahmud Abás, afirman que su mayor deseo es construir un Estado independiente. Esto pasa, obligatoriamente, por el hecho de llegar a un acuerdo de paz con Israel. El proceso para cerrar este acuerdo lleva ya decenas de años, con interrupciones más o menos largas y tuvo las variantes más diversas. Desde encuentros en Estados Unidos, pasando por los de Oslo que derivaron en los famosos acuerdos, hasta las negociaciones directas que tuvieron lugar en Jerusalén y hasta en alguna ciudad bajo dominio palestino.
Varios Gobiernos de Israel ofrecieron soluciones que implicaban un enorme costo político y social pero la contraparte siempre decidió aferrarse a la línea dura que le imponen en el plano interno los extremistas islámicos y en el externo las naciones árabes más intransigentes.
Dentro de este panorama, ahora se llegó a un arreglo, con el visto bueno de la Liga Arabe pero no de Siria ni de Hamás, por supuesto para iniciar conversaciones indirectas con los estadounidenses como intermediarios. En este Oriente Medio donde nunca se agotan las sorpresas ni se colma el asombro, funcionarios de Washington correrán de una sala en la que están sentados los representantes de Jerusalén a la contigua en la que se ubican los de Ramala, con propuestas e iniciativas.
Los palestinos acortaron el plazo de este intento a solamente cuatro meses, que reduciendo el tiempo de fines de semana, feriados, idas y venidas, traducciones y demás asuntos burocráticos se reducirán a una pocas horas en las que, evidentemente,
El primer ministro Biniamín Netaniahu afirmó en el inicio de la sesión del gabinete ministerial que “valoramos este adelanto. No interesa la forma sino el hecho que estas conversaciones de acercamiento se conviertan luego en tratativas directas. Dijimos que este Gobierno quiere un proceso de paz y agrego que también desea que finalice con éxito“.
Los palestinos se salieron con la suya, hablarán con los vecinos pero no alrededor de la misma mesa. El Gobierno, pese a lo que diga Netaniahu y sus aliados de la derecha, no tiene ningún apuro en revelar las cartas: cuál es la línea roja a la que está dispuesto a llegar para que haya un entendimiento y Mahmud Abás siente la presión de los movimientos terroristas, de Irán y de Siria, que prefieren eternizar el conflicto, sabiendo que sin la renuncia a los reclamos del regreso de los refugiados, a esta altura más declarativo que real y del establecimiento de Jerusalén como capital del futuro Estado, no se llegará a nada.
Ni hablar acerca de los escollos políticos que deberán sortear Netaniahu y los aliados de la actual coalición gubernamental o quienes los sucedan después de las próximas elecciones, en el momento que firmen un documento que establezca algún tipo de concesiones por mínimas que sean.
Sabiendo que las posibilidades de éxito de negociaciones por control remoto son más que improbables, solamente los que vivimos en este imprevisible Oriente Medio, en que ya Israel suscribió ya dos tratados de paz, podemos ser optimistas.

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