Hace dos semanas, al aludir al encuentro convocado por el gobierno de Israel con líderes comunitarios de la América Latina, reproduje en esta columna algunas observaciones que formulé en esa ocasión a propósito de lo que describí como “desvalorización de la llamada hasbará (esclarecimiento, información)”.
Sostuve que es la política, lo que se hace, o no se hace, lo que importa. Embellecer o distorsionar los hechos no ayuda.
The Marker, el suplemento económico del Haaretz, dedicó el viernes último dos nutridas páginas a este tema, bajo un título significativo: más o menos, en traducción libre, “Basta de lehasbir, comiencen a hacer”.
Además de criticar severamente la grotesca campaña del Ministerio de Hasbará, que califica de derechista y anacrónica, según la cual en el exterior parecerían creer que todo el mundo viaja aquí a camello y come asado al carbón, el periódico trae una cantidad de entrevistas con distintas personalidades en las que predomina la opinión que da lugar al título general que se ha citado.
Así, por ejemplo, el ex cónsul en Nueva York y candidato, por unos días, a embajador en las Naciones Unidas, Alón Pinkas, afirma que la hasbará no puede jamás reemplazar a la política, contrariamente a lo que desde su creacion opinaron los gobiernos israelíes, y aboga por una hasbará racional que refleje lo que debe ser la diplomacia pública del Estado.
Otro ex diplomático y ex director general del Ministerio de Relaciones Exteriores, Alón Liel, insta a retomar el diálogo con los vecinos de Israel y subraya que el problema es la ocupación de territorios, reputada ilegal en el exterior, las hitnajluiot (asentamientos), el uso de fuerza excesiva y el desconocimiento de los derechos de los palestinos.
El diputado Zeev Bielsky, ex presidente de la Organización Sionista Mundial, aboga por la modernización de la información israelí.
Varios especialistas en relaciones públicas describen otras deficiencias de la política informativa que originan la imagen que se tiene en el mundo de la situación en el país, de su política exterior y de algunas manifestaciones de la vida interna.
Lo fundamental es el consenso que se traduce en la amplia nota a que me refiero en cuanto a lo burdo de la campaña de hasbará lanzada que, de hecho, dice su autor, apunta más a la opinión interna israelí que a la internacional.
Estas manifestaciones adquieren peso especial en estos días, en que parece estar a punto de reanudarse la negociación con los palestinos, a instancias del gobierno de los Estados Unidos.
Si esta renovación del diálogo político fundamental está llamada a producir serios resultados, es imprescindible que la posición israelí esté refrendada por una acción de esclarecimiento inteligente, actualizada, libre de intereses partidarios y que emplea recursos técnicos y lemas
Un pre requisito para que la hasbará y la política puedan conjugarse en forma constructiva es despojar a ambas de la nefasta influencia de la política partidaria, hoy más que nunca prisionera de lemas que no resisten la crítica seria de la opinión internacional.
Ningún esfuerzo propagandístico puede balancear el impacto negativo de ciertas cosas que se hacen o dicen aquí. Basta con señalar la impresión negativa que causan acciones como la nómina de lugares a resguardar como parte de la “moreshet“ (acervo histórico, ¿tradicion?), justo en momentos en que parecen rei- niciarse las negociaciones con los palestinos; o la farsa del “brit zuguiut“, presunta solucion parcial del medieval sistema que existe en el país en relación con la falta de un registro civil, solucion que podrá interesar, quizás, a un par de cientos de personas, y sólo si las autoridades rabínicas consienten que se los repute no judíos; el manipuleo del Presupuesto para dar un sueldo a unos cuantos “majers” de Shas, etc., etc.
Esa impresión no se logrará disipar enviando al mundo el mensaje de que ya no se viaja a camello en este país.
Como se indicó, está a punto de dar frutos la insistencia del gobierno de Washington de facilitar mediante tratativas no directas la restauración del proceso de pacificación de la zona.
Parece que el gobierno de Jerusalén es sensible a esa presión y que algo se moverá en la materia.
Ante tal perspectiva, es urgente que se tome nota del papelón que el país está haciendo en cuanto a la presentación de su caso.
Si la Cancillería no puede, por razones obvias, funcionar debidamente y si el Ministerio al que se le ha encomendado la hasbará no tiene conciencia de la época en que vivimos, el propio jefe de gobierno debe asumir la responsabilidad de producir una solución. Si no lo hace, es deber de todos los miembros del gobierno y también de la oposición forzar una solución que extraiga al país del ridículo y de la vergüenza que la incompetencia y el extremismo ideológico han acarreado.
La imagen del país en el mundo no es un asunto de poca monta. Se ha tornado en un problema estratégico. Israel proyecta una imagen que le causa un daño que puede llegar a ser irremediable.
Si efectivamente comienza una nueva negociación, es necesario que el país se gane al apoyo de la opinión pública mundial.
Como están hoy las cosas, lo ha perdido en alta medida y va barranca abajo. Sólo un reajuste total, realista, racional, puede ayudar a recuperar, quizás, el respaldo de que Israel gozaba en el frente de las relaciones con el mundo.

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