Dos iniciativas de la bancada de Israel Beitenu, el partido que preside el ministro de Relaciones Exteriores Avigdor Lieberman, abrieron una vez más la polémica que lleva decenas de años (por no decir cientos y acaso miles). Se trata de las leyes que aparecen en la plataforma electoral del partido acerca de la conversión de nuevos olim y el casamiento de aquellos que no son judíos.
El tema toca muy de cerca a los olim de América Latina porque conocen los obstáculos y la carencia de soluciones.
Para los casamientos la única salida es cumplir con la formalidad en el extranjero y luego registrarse en el Ministerio del Interior. Para la conversión el asunto es muy complicado porque el reconocimiento por el Ministerio del Interior de un converso como judío es solamente formal mientras que el Rabinato aplica su política intransigente.
La intención de Lieberman y sus seguidores es buena pero los compromisos a los que llegaron, después de largas tratativas, no dan la respuesta adecuada. El casamiento civil, si como se aguarda, es aprobado por la Knéset, será solamente para las personas “carentes de religión”, o sea no judíos y sin antecedentes judíos
Este grupo de personas, en forma paradojal, ahora deberá demostrar que no forma parte del pueblo judío para que le autoricen a contraer matrimonio en Israel. La facultad de decidir quién está incluido en esta categoría, fue concedida, como no podía ser de otra manera en este intrincado país, a los propios rabinos.
El acuerdo al que habían llegado los representantes de Israel Beitenu con el rabino jefe sefardí Amar estaba basado en que los rabinos de las ciudades podrían autorizar la conversión. A último momento, por presiones, evidentemente, Amar cambió de parecer y ahora el tema pasó a nuevas negociaciones. Nada menos que 350.000 personas esperan que se les autorice a ingresar oficialmente al pueblo judío una vez que pagan impuestos, sirven en el Ejército y sufren los ataques terroristas como el resto de la población pero los rabinos no tienen apuro en aprobar algo que la Biblia y las leyes talmúdicas aprobaron hace mucho.
Además, el compromiso al que llegaron los políticos con las autoridades religiosas no vale demasiado porque siempre habrá algún fanático que niegue la validez del mismo.

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