El domingo último el comandante en jefe del Ejército, teniente general Gabi Ashkenazi, convocó a su despacho al brigadier general Moshé (Chico) Tamir para comunicarle que no le dará un nuevo cargo lo que, de hecho, significa que queda fuera de las filas de la institución.
El episodio de Tamir comenzó cuando en 1987, durante un encuentro con familiares de los oficiales, permitió a su hijo de apenas 15 años que conduzca un vehículo todoterreno militar. El joven chocó con un auto particular y el padre, en lugar de declarar la verdad, pretendió primero ocultarlo y luego negó que fuese su hijo el conductor.
La investigación demoró largos meses y al fin de la misma el alto oficial, considerado como uno de los más brillantes de su generación, fue juzgado y sentenciado a la baja de un grado.
El Tribunal Militar de Apelaciones le devolvió el grado pero insistió en su crítica a la actitud del acusado, que mintió y por ello recomendó que por dos años no sea ascendido de grado.
El comandante Ashkenazi fue más lejos en su resolución. A pesar que él mismo envió una carta al Tribunal ensalzando el desempeño de Tamir como soldado combatiente y comandante de unidades, determinó que el Ejército debe volver a adoptar una escala de valores estricta y sin desviaciones. La persona que se aparta de este código moral no tiene cabida en filas militares.
Cuando se conoció el inicio del proceso judicial contra Tamir y el hecho que generales asistieron como testigos para declarar en su favor, comentaristas y padres de soldados se refirieron a la “doble
La resolución de Ashkenazi, a pesar de las críticas que ahora provienen del entorno de algunos de sus colegas, envía un mensaje concreto: el mismo criterio se emplea para juzgar a unos y otros. Si un soldado es enviado a juicio y castigado porque llegó un minuto tarde a la convocatoria de su superior, el brigadier general abandona su carrera porque no dijo la verdad a quienes investigaron un simple accidente de tránsito.
El comandante en jefe fue más allá de lo que esperaban sus pares con plena conciencia que su misión era detener la piedra que desciende rápidamente de la montaña y amenaza con convertirse en un alud.
El Ejército sale ganando y los padres que envían a sus hijos al servicio militar sienten que los errores los pagan todos por igual, sean jóvenes reclutas o veteranos comandantes con destacados logros en el campo de batalla.
Tzáhal pierde, en esto hay coincidencia, un oficial excelente y gana por la llegada de un cambio que es imprescindible en la larga batalla por seguir siendo el Ejército del pueblo.
Para los analistas militares, es imprescindible que la línea que trazó Ashkenazi no se deje de lado.
El caso de Tamir sobresalió porque llegó a la prensa y fue ampliamente difundido pero en una institución como Tzáhal suceden episodios más o menos graves que conllevan infracciones de disciplina y éstas deben ser castigadas con dureza para que sirvan de ejemplo.

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