Tres son los grandes problemas de la humanidad: el nacional, el democrático y el social. El problema social, que busca la solución a los conflictos del trabajo; el democrático, por el que buscan los pueblos formas de gobierno adaptado a su cultura; y el nacional, que es el derecho de cada pueblo a elegir libremente sus destinos. Sobre estos tres destinos gira toda la civilización de la humanidad.
Y como la historia cierra y abre nuevos escenarios, es conveniente hacer una reflexión sobre ese remolino que Oriente Medio sacude una y otra vez al mundo. Sobre todo, donde un pueblo, el israelí, es puesto una y otra vez en entredicho. Y es que las claves de los conflictos de la zona estás precisamente en sus diseños ocultos de ese nuevo orden. O, quizás, en la persistencia en todo aquello que lleva el nombre judío.
La otra verdad, que también se quiere ocultar, pero no pueden, está empujada por hacernos creer que Palestina es y fue siempre un territorio árabe. Ésta es “la verdad” que se viene observando en un Occidente cuyas economías están supeditadas a los intereses energéticos de los países árabes. De ahí que sea bueno hacer una reflexión sobre el problema judío.
Y en esta primera reflexión nos encontramos con que el anti judaísmo no es de ahora, es una cuestión milenaria. Expulsados de su territorio, Palestina, los judíos emigraron por todo el mundo conservando su religión y su cultura. Al mismo tiempo, la transmisión de sus costumbres hizo de ellos un grupo diferencial que se distinguió de las poblaciones en cuyo ámbito residía.
No lo hicieron por capricho. La marginación y discriminación que sufre toda minoría obligó a los judíos, generalmente privados del poder militar, político o eclesiástico, a expresarse en ciertas formas universales, como las artes, las ciencias o las finanzas. Además, tuvieron que utilizar ciertas maneras peculiares de negocios, principalmente en metales o piedras preciosas para ser fácilmente transportables con uno mismo y con valor de negocio en otros lugares, para caso de persecución o emigración forzosa.
Estas características se han tenido muchas veces erróneamente como
Precisamente, el anti judaísmo se ha producido en las formas clásicas de persecución ritual religiosa, xenofobia, desviación de conflictos políticos, racismo, explotación de clases impermeables o simple deseo de apropiarse de sus bienes acumulados en períodos de calma.
Pero hay cuestiones que deberían ser más conocidas, y no quedarnos con la barbarie cometida por el nazismo antes y durante el conflicto bélico de la Segunda Guerra Mundial. Y se suele atribuir al nazismo alemán la mayor persecución de judíos de la historia por medio de campos de concentración y los asesinatos a que condujo la fórmula de “solución final” dictada por Hitler, pero los principales teóricos del antisemitismo y de la supremacía de las razas llamadas arias no fueron alemanes, sino ingleses como Chamberlain, o franceses -como Gobineau, De Maistre, Vancher de Lapuse-; los pogromos, o matanzas de judíos, se han producido desde siglos atrás en los países de Europa Central, especialmente Rusia, y España adoptó su propia “solución final” en la época de los Reyes Católicos mediante la expulsión colectiva, sus conversiones forzadas y el terror de la Inquisición.
La misma anormalidad de la última manifestación del anti judaísmo, la de los campos de exterminio, en los que perecieron varios millones de seres inocentes, ha desacreditado el antisemitismo teórico y práctico, aunque se siga practicando con mayor sutileza en el terreno de la opinión pública. Y lo más lamentable es que esta actitud, de la llamada nueva discriminación y persecución hacia una minoría, provenga de aquellos sectores que se autodenominan progresistas.
Estos hechos, demuestran, una vez más, que la historia no ha terminado. Sólo es uno más de sus ciclos, donde lo judío es lo perverso y donde los nuevos “jueces” de este aún joven milenio nunca muestran una libertad crítica y mental con respecto a las maneras de hacer un “veredicto final” sin adentrarse en análisis históricos ni situaciones presentes. Habría que preguntarse si nos hallamos ante una incipiente “solución final”.
(*) Diego Martínez es periodista español.

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