Lo que pongo sobre el papel, por más importante que sea para nosotros, me parece irrelevante comparado con la tragedia que actualmente vive el pueblo de Haití y toda la humanidad.
Quisiera escribir sobre la liberación de Guilad Shalit con todo lo que representa para nosotros y la justicia de terminar con su sufrimiento. Siento como judío y como ser humano que no tengo derecho a hacerlo en estos momentos; los miles de muertos y heridos de la isla del Caribe me hacen detener la escritura. Cuando voy a escribir sobre nuestros derechos de defensa frente a los ataques terroristas, a la amenaza del Hamás o de Hezbolah o defender desde mis artículos nuestra seguridad, o rechazar la posición de fanático de Mahmud Ahmadineyad, siento que aun con toda la razón que nos asiste no tengo derecho a ponerlo por encima de esta tragedia.
En los últimos días me llama a silencio, quizás como un homenaje o una forma de acompañarlos y solidarizarme. Realmente lo que le pasa a los sobrevivientes y lo que sufrieron los que murieron supera cualquier reclamo de nuestros derechos que se pueda realizar en estos momentos.
Tantas veces escribí sobre la maldad de los terroristas sin que nunca se me ocurriera que un fenómeno natural superara con creces a esas mal llamadas personas, que ese fenómeno pudiera naturalmente causar tantas víctimas, tanto sufrimiento y tanta injusticia a quienes por supuesto no estaban preparados para defenderse ni tendrían como hacerlo aun si lo hubiesen sabido con alguna anticipación. La fuerza del terremoto fue cientos o miles de veces superior a la de los terribles terroristas, fue cientos o miles de veces más maligna que la conocida maldad de los terroristas, fue miles de veces más devastadora en tan sólo unas horas de tiempo. Ningún grupo terrorista ni todos ellos juntos han logrado hasta ahora semejantes resultados.
La historia nos ha mostrado que la maldad de algunos seres inhumanos llega a tales niveles de destrucción que pueden mediante armas de destrucción masiva, de bombas atómicas, de persecuciones crueles y exterminaciones en masa de razas o pueblos enteros, hacer verdaderas masacres a la humanidad. Pero en este caso no se trata de esos hombres, no se usaron bombas, ni armas, ni misiles, ni cámaras de gas.
Un fenómeno natural, nombre que suena mal escuchar porque parecería catalogar como natural que esto suceda, arrasó con decenas de miles de vidas, dejo cientos de miles de heridos, arruinó lo que quedaba de un país pobre y abandonado, saqueado por los dictadores de turno y olvidado por la comunidad internacional.
De repente abrimos los ojos y nos damos cuenta de que ese país existía, que allí había gente pobre con absolutas necesidades básicas incumplidas. No he visto antes sin embargo ninguna manifestación de derechos humanos reclamando al mundo para brindarles ayuda.
Seguro que al no estar implicado Israel no era para ellos un tema conveniente ni trascendente. Esos grupos y los organismos competentes nunca antes han mirado hacia esos lados con la suficiente fuerza.
Ahora como siempre, nos acordamos tarde de salir corriendo a ayudarlos. Ahora todo el mundo ayuda, pero los objetivos son terriblemente peores. Ayudan a enterrar los miles de cadáveres, ayudan a rescatar a los pocos sobrevivientes que puedan todavía experimentar el milagro de salvarse, ayudan a curar infinidad de heridos, a construir algunas precarias viviendas, y en algunas otras necesidades urgentes pero que llegan solamente cuando el terremoto no ha dejado casi nada en pie.
Por supuesto que esto es necesario de todos modos, por supuesto hay que alegrarse de que al fin la necesidad extrema haya despertado a parte del mundo y que la solidaridad haya aparecido. Pero luego de un tiempo y cuando las noticias de Haití vayan apagándose, la miserable vida de los haitianos continuara como siempre, mucho peor que siempre. No solamente tendrán que continuar viviendo ya sin sus familiares muertos, ya sin sus amigos, ya con heridas o enfermedades que los acompañarán para siempre, sino que nada garantiza que otro fenómeno natural llamado sismo no los vuelva a visitar en el futuro. Volverán a construir lo que puedan de Haití pero tendrán en todo momento la espada de Damocles sobre sus ciudades y ese miedo permanente de que la historia se repita que
El mundo está lleno de injusticias, está lleno de dolor, de destrucción, de odio, de maldad, y resulta que ahora la cruda realidad nos muestra que no sólo los hombres malos, los fanáticos y los terroristas de profesión son los que producen estos hechos. Muchos hombres del mundo trabajan pensando como enfrentar los nuevos hechos de destrucción, como parar la fabricación de la bomba atómica iraní mediante sanciones o hasta ataques a las instalaciones existentes.
Analizan y preparan estrategias para derrotar a los “talibanes“, para derrotar a los terroristas o resolver el problema del fanatismo islámico, pero no se avizora posibilidad alguna de enfrentarse con éxito al terror de los fenómenos naturales. ¿Cómo pensar y escribir sobre todo eso que nos parece tan importante y afecta nuestras vidas ante tanta impotencia, cómo hacerlo sin sentirnos egoístas y sin sentir que solamente nos interesa lo que nos toca vivir?
Cada cosa que pasa en el mundo vuelve a marcar la vida de sus habitantes. El Holocausto fue el mayor de los ejemplos y la tragedia más grande de la humanidad pergeñada y puesta en práctica por las mentes más enfermas que hemos conocido. La vida no puede ser igual antes o después de cada tragedia como estas. Sin embargo, vemos como el mundo sigue andando y quizás no haya otra alternativa de que así sea, pero por lo menos tenemos que sacar alguna enseñanza, algo mínimamente positivo viendo lo que está pasando esta gente.
Tenemos que aprender a darnos cuenta cuando tenemos algunas cosas buenas en nuestra vida y disfrutarlas mientras duren. Es muy común que las personas nos quejemos por todo y aun teniendo razones para ello podemos ver cuanto mejor estamos que todo ese pueblo castigado. Hoy podemos observar que vamos controlando las continuas acciones del terrorismo a pesar de su permanente amenaza y que mientras tanto seguimos trabajando, nuestros hijos siguen estudiando, nuestras familias tienen casa, comida, viajamos, y hacemos una vida casi normal, estando en alerta permanente pero sin dejar de realizar nuestras cosas.
Hoy podemos ver en las noticias que esa gente ya no tiene nada de eso. No tienen viviendas, no tienen a su familia, no tienen trabajo, no tienen comida y sobre todo no tienen esperanzas, no tienen futuro, más que el que con la ayuda de lo que reciban del exterior les pueda devolver el derecho a comer o a existir nuevamente en condiciones precarias.
Terrible situación y enorme sensación de impotencia. Es casi imposible seguir siendo la misma persona luego de estos acontecimientos, algo que sólo lograrán los insensibles o los que acostumbran mirar hacia otro lado e ignorar la realidad.
Nos ha tocado vivir en este mundo, difícil desde donde lo miremos, no más que en tiempos pasados y no menos que en tiempos futuros. No tenemos otro remedio que continuar atentos y velar por nuestra gente. No podemos distraernos y encontrarnos un día con que un fenómeno inhumano pero no natural nos destruya. Pero debemos tener presente que ante la naturaleza no somos absolutamente nada, no podemos cambiar su rumbo ni podemos defendernos de sus huracanes, de sus terremotos y quién sabe en el futuro de qué otro agresivo fenómeno natural.
Nos queda apreciar cada momento en que podemos ser felices, nos queda compartir las alegrías que nos toque vivir, nos queda saber que como humanos no somos permanentes y que nos iremos de uno u otro modo y que por lo tanto gastar la vida en cosas malas no es algo razonable. Actuar bien con los demás y con uno mismo, ser buen padre, buen esposo, buen amigo, buen ciudadano y buena persona, nos tiene que dar la satisfacción momentánea de que lo que hacemos sirva para algo, para nuestro entorno y para nuestra efímera existencia.
Buscar la paz por todos los medios posibles, tratar de no hacer daño innecesario y por supuesto defenderse para no permitir que nos dañen. Crear cosas que podamos dejar para que otros disfruten y esperar que estos fenómenos naturales que causan efectos tan anti naturales no sean tan frecuentes y permitan a la mayoría de nosotros continuar soñando con un futuro y una vida posible, tanto en Israel como en todo el mundo.

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