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Publicado 17/09/2009
Opinión
Los medios españoles son un claro exponente de lo anti israelí
El absurdo sueño de esperar a Godot

Autor: Diego Martínez *



El recurso del pasado histórico o legendario es uno de los rasgos que más llama la atención en nuestros días. Decía Albert Einstein: “Si mi teoría de la relatividad es exacta, los alemanes dirán que soy alemán y los franceses que soy ciudadano del mundo. Pero si no, los franceses dirán que soy alemán, y los alemanes que soy judío”. Argumento, por otra parte, que podernos aplicar hoy por el claro posicionamiento occidental anti israelí.
Afirmaba en mi anterior columna en Aurora que el Gobierno español subvencionaba con cursos de “extremismo árabe” a una organización islamista radical para demonizar todo aquello que represente al pueblo de Israel. Incluso, en su táctica de distracción, culpaba a España de estar al servicio del sionismo.
Tras un rastreo, constato que estas ayudas al islamismo extremista siguen existiendo y van más allá de dichos cursos. Y lo más preocupante es que los medios españoles, salvo excepciones, con su silencio son un claro exponente de lo anti israelí.
Es curioso; allí donde los responsables del Ejecutivo de Rodríguez Zapatero (otros no se atrevieron a tanto) muestran remilgos con la Iglesia española, ponen su firma delante para poder ayudar a una organización islamista radical y a sus simpatizantes. Es decir, lo hacen en plena oscuridad, cuando la ciudadanía duerme. Se trata, en general, de guiños lanzados al islamismo excluyente y anti judío.
Y no por ellos, que tampoco se lo creen, sino por el petróleo de los países árabes que ayudan económica y políticamente a la “gran causa” de un extremismo islamista en expansión. Y que, entre sus ocurrencias más pacíficas, reivindican “al-Ándalus” como parte de la tierra que el islam extremista quiere reconquistar en gran parte de la Península Ibérica.
Y es que aquí no importan las ideologías. Porque lo ideológico no es ninguna frontera para la incompetencia de aquellos que tienen el deber de cumplir con la responsabilidad en lo personal y de ejercer correctamente los conductos diplomáticos desde los puestos que ocupan.
Pero como ocurre en Occidente, decía un escritor español, “este clima público produce tontos y locos”. Y este tipo de políticos antes, ahora y después es una variante de la anormalidad. Suele comenzar haciendo locuras y terminar haciendo tonterías. En principio es ofensivo. Al final, es inofensivo. Pero la situación internacional actual, y sobre todo la de Oriente Medio, no están para este tipo de elucubraciones.
Es cierto que en el mundo se enfrenta a otros problemas muy serios: las diferencias entre norte y sur son un ejemplo. Pero el fenómeno anti judío está siendo sobrealimentado en todo Occidente. La fragmentación de los cinco millones de musulmanes que viven en Francia vacía de contenidos las leyes impulsadas por París. Es decir, el islamismo francés toma una postura preocupante: se vuelve menos violento pero más integrista. Y todo esto en el país que vio nacer a Montesquieu, y que aún hoy mantiene la patente en rasgos como la tolerancia religiosa que defendió el gran pensador; salvo cuando se toca lo israelí.
Otro paradigma. El pastor alemán Martin Niemoeller dejó escrito: “Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a buscar judíos, no

protesté, porque yo no era judío. Cuando vinieron a buscarme a mí, no había nadie más que pudiera protestar”.
Hoy, Alemania también vive una convulsión “tapada” con el movimiento islamista. Mientras en Berlín se abrió la primera escuela privada de imanes para aprender, dicen, alemán, la canciller, Ángela Merkel, mantiene una cumbre anual con los líderes musulmanes, que estima eficiente. Un fenómeno que, si vamos observando país a país, se va extendiendo por todo Occidente.
Esto viene a cuento por la gran pregunta que suscita la crisis actual (Oriente Medio con Irán de trasfondo), y que ya no es dónde está Dios (la pregunta usada tantas veces para dirimir ciertas responsabilidades), sino dónde está la comunidad internacional. La respuesta, tan irónica como cruel y típica de nuestros tiempos, es “no responde porque no está reunida”. Y está reunida para no hacer algo sino porque no puede hacer nada. Entre otras cosas, porque no es capaz de desenmascarar el mercadeo y la falacia de que Israel es la punta de lanza ideal para la invasión estadounidense en Irán.
Hoy la comunidad internacional no puede hacer nada porque las Naciones Unidas se parecen a un paralítico enviado a apagar fuegos. Y da esa imagen porque hace una década se desoyeron todas las preguntas necesarias: entre ellas la de suprimir el derecho de veto en el Consejo de Seguridad.
Y no se crean que este veto era, precisamente, para favorecer los intereses del Estado de Israel.
Y si ésta parece una afirmación muy fuerte, basta con que imaginemos cuál habría sido la reacción de las Naciones Unidas si un misil de los islamistas extremistas cae en una de sus sedes y mata a varias personas. Pues nada. Porque aquí se juega con otros interés, que no son los seres humanos.
Por desgracia, este sistema social se basa en la ley de ganancias o, dicho con mayor crudeza pero no con menor realismo, en la avidez, en el egoísmo individual o de grupo. Este afán de justificar los medios por los fines, es el que lleva constantemente a la necesidad de tener amigos absolutos, aquellos que contribuyen con un Occidente necesitado. De ahí que contra lo israelí se pueda, o sea legítimo, usar todo.
Desde la difamación internacional, bien vertebrada, hasta de acusarlo de ejercer el terrorismo de Estado.
Es fácil, sin embargo, comprender que muchos rasgos de los países islámicos le resultan a cualquier occidental no sólo incomprensibles e irracionales, sino hasta moralmente censurables.
Pero la dependencia energética lo cambia todo. Así de sencillo y de claro. La ética y la moralidad se venden a cambio de un bienestar hipócrita y carnavalesco. Y esto no es convertir en diabólicos a los países islámicos en general. Es simplemente la razón o el fruto de una economía que importa Occidente.
Lo cual nos lleva a la conclusión de que el odio de los árabes contra Israel no es por su carácter judío sino por su carácter occidental. Lo que nos lleva a otra conclusión: los grandes, atractivos e indeclinables ideales de Occidente aparecen como podridos en su misma raíz. Mientras, el hermoso sueño demócrata de Occidente acabará convirtiéndose en un sueño absurdo como el de esperar a Godot. Pero como todo el mundo nos hemos olvidado de preguntarle a Godot: ¿por qué tarda tanto?

*Diego Martínez
es periodista español

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Comentarios
1. Para Diego Martinez
Autor: Diana
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