La literatura es reflejo de la vida y de los hechos históricos, sobre todo en momentos trascendentales, cruciales o dramáticos de la existencia de los hombres y de los pueblos.
En períodos normales, de orden, de prosperidad, la producción literaria se ocupa de la naturaleza y sus bellezas, de los sentimientos y problemas de los seres en el ámbito familiar y social en que se desenvuelven, dando preferencia al conflicto individual. Estos son temas comunes, con diferencia de grado y de matices, a todos los hombres y mujeres, cualquiera sea su latitud geográfica, su color o el Dios en que creen.
Pero en épocas de crisis, de revolución, de conflagración, en una palabra, en situaciones anormales, la literatura da color y emoción a los hechos y la historia aclara, completa el marco real a la producción literaria.
Esta relación historia-literatura se hace más evidente, más tangible en la vida del pueblo judío, que ha sido durante siglos y siglos una larga cadena de anomalías, catástrofes y violentas transformaciones.
El género literario del que nos ocuparemos, fue escrito sobre todo en idish y luego también en hebreo. Nos referiremos a la literatura infantil de fines del siglo XIX y los albores del siglo XX.
¿Qué es la literatura infantil en general?
Cuentos infantiles son un eterno manantial de sueños que se convierten en ilusión e idealismo en el futuro adulto; así lo definen algunos críticos.
La naturaleza antropomórfica del niño le permite hablar con los animales, con los árboles, con las piedras, con las flores. Su intuición infantil le dice que no es real, que es un juego, pero al niño le gusta jugar.
Los libros infantiles caracterizan a los lugares de donde provienen y al pueblo al que representan; sus modales, sus supersticiones, sus cantos.
La escritora argentina Frida Shultz de Montovani, en su libro “El mundo poético infantil”, nos dice: “En su mundo las ciudades capitales son el juego, el ensueño; los ríos, la tierra, la realidad intangible la realidad fantástica... en el mundo del niño él es el dueño de todo... para él es lo mismo lo que tiene vida y lo que no la tiene... él es el mago que le da alma a las cosas... en este colorido mundo de juguete”.
La literatura infantil judía es específica, sui géneris. La vida judía siempre fue diferente de los pueblos que la rodean, teniendo en cuenta los lugares (a los que vamos a referirnos): las aldeas de Rusia y Polonia donde los chicos crecían, se desarrollaban, se educaron; donde los poetas y escritores en idish escribieron y crearon, y luego también en hebreo.
El shtetl, el mercado, la callejuela, el jeder, el carrero, el rebe, el miedo al goi, la pbreza, la miseria. Esta fue la vida cotidiana; el sábado y las fiestas eran el recreo, la alegría, el disfrutar. La diferencia entre sagrado y profano, “bein Kodesh lejol”.
Esta fue la temática, la fuente de inspiración de la poesía y los cuentos para niños, o sobre niños; esto está en contradicción con la moderna psicología, pero ésta fue la realidad, así los chicos vivieron.
Sholem Aleijem, por ejemplo, describe cómo jugaba con el hijo del rebe representando al judío pobre y al “goi” que venía a hacer un pogrom.
En una antología de cuentos encontraríamos siempre estos temas: el tjum hamoshav ( el territorio permitido a los judíos), el jeder, el miedo al goi y, ssobre todo, especialmente acentuado, la preocupación de la madre judía porque el hijo estudie, vaya al jeder desde su más tierna infancia.
Sobre estos momentos nos cuentan en detalle Mendele Mojer Sfarim, Peretz, Bialik, Sholem Aleijem, Raizin, Varshavsky, Frug, Dinezon.
Mendele se pregunta: “Ve y enciérrate a estudiar, a .profundizar en tus pensamientos... mientras que ante tus ojos está el mundo de Dios con tantas cosas lindas que tientan”.
Frug en su libro “El mundo del niño judío”, cuenta “Cumplí siete años ya, y mi madre, que está sana, me dice: `Llegó el tiempo de ir al jeder, basta de jugar”'.
Peretz nos comenta: “Observamos cómo nuestro hijo crece, cómo su alma se refleja en su mirada.... y el padre está es la función del padre, lo envuelve en el talit y lo lleva al jeder”.
Sintetizaremos la inspiración poética de la época, su temario, su sentir, con algunos fragmentos de dos poemas, uno en hebreo y el otro en idish.
“Mi canto” de Bialik: “Sabes tú de quién aprendí a cantar/un pobre grillo se instaló en la casa paterna/.../Y sabes porque un suspiro alimento/Al alba cuando mi madre la mesa sobaba febrilmente/yo sentía que una lágrima muda en la mesa caía/ luego en el desayuno el pan se repartía/ Al comerlo, en los huesos me quedó el gemido”. (La madre, el niño, la miseria, el sábado).
““Oifn pripechok”” de Varshavsky: “Sobre el hornillo arde un fueguito/y la casa está caldeada/y el rebe enseña... el alef bet/ Cuando seaís más grandes comprenderaís/ cuántas lágrimas hay en estas letras/Y de estas letras recibireís fuerza y aliento”. (El jeder, el rebe, el niño).
Y nosotros nos preguntamos: ¿eran felices aquellos niños? Acaso no se reían, no hacían travesuras dentro de esas condiciones negativas, peligrosas. ¿Cómo les afectaban? La pregunta es válida con referencia a lo que vivimos y aún estamos viviendo hoy aquí. ¿En qué medida influyen situaciones trágicas, traumáticas, catastrofales, sobre la personalidad del niño, de su alma?
Pregunta muy actual en nuestros días, y después del Holocausto, a pesar del modernismo, del adelanto técnico, ante la inseguridad y la violencia.
Encontramos una respuesta para hoy del ayer: la da el Prof. Mijael Shneiersohn (1895-1958), nieto del rabí Shneior Zalman de Liadi, jefe del Jasidismo Jabad. ¿Acaso no reían, jugaban, soñaban, bailaban, costruían, los chicos en los guetos, en los campos de concentración?”
El Prof. Shneiersohn fundamenta su teoría sobre condiciones dormidas de la persona, que le permiten por sí solas rebelarse, con la ayuda que le brinda al niño a descubrir sus dones naturales, sus vocaciones. Su lema era y se percibe en toda su obra: una fuerte tendencia optimista, jasídica.
Pero explica: “Esto no significa que situaciones anti naturales y condiciones inseguras dejen incólume, sin daño, la mente del niño”. El autor se refiere tanto a perjuicios directos, como a las influencias posteriores y afirma: “Las consecuencias inmediatas a veces no se perciben, pero crecen y se transforman junto con el niño, y así, en años posteriores, pueden ser el origen o la fuente de determinados trastornos emocionales”.
Dijimos al comienzo: la literatura brinda color y emoción a la historia y la historia complementa el panorama que la literatura relata, decora.
Como vemos, literatura infantil es también una lección de historia.
Para terminar con una mención más ligera, más humorística, la finalidad de este artículo es que muchos jóvenes se enteren que los autores aquí citados no son solamente nombres de calles.

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