El simbolismo de la luz alimenta las tradiciones más remotas de las culturas más antiguas. Los conceptos de luz y tinieblas asumieron desde el antiguo Egipto un importante sentido espiritual: la luz es vida, liberación, prosperidad, salvación, felicidad, éxito.
El simbolismo de la luz, es prácticamente uno de las similitudes universales de la cultura. Tanto para la Cabalá, el Corán, el Cristianismo, el Rig-Veda, por no mencionar sino un par de ejemplos, aparece la luz como la forma suprema en la transformación de la realidad, el paradigma de la vida, de la felicidad, del triunfo. La contraposición luz-tinieblas es analogada, en muchas culturas, a la oposición vida-muerte, cielo-tierra. La luz es vida; las tinieblas, muerte. En las imágenes de la China antigua una época sombría va siempre seguida de una época luminosa, pura, regenerada.

En concreto, del simbolismo del sol, la magna luminaria, la liturgia romana retomó, valiéndose de una cotidiana y práctica candela, dos elementos: la luz que ilumina y el fuego que purifica. La luz impregna todos los rincones de la comprensión que el hombre -sobre todo el heredero del judeocristianismo tiene de su realidad, como caminante por un sendero que se transita al paso del tiempo en el trayecto de la vida humana; luz es acertar la pisada,
Por eso no debe sorprender que la sean las luces, velas, luminarias y focos los que decoren las festividades que las grandes religiones del mundo celebran alrededor del mes de diciembre, las cuales coinciden generalmente.
Es el historiador Josefo, fue quien llamó a Janucá la ”Fiesta de las Luces”, que también por ello es conocida como ”Fiesta de las luminarias”.
La expresión, está basada en un hecho milagroso, según el judaísmo. Cuando los macabeos entraron al Templo de Jerusalén, buscaron encender de nuevo la ”Menorá” (”Candelabro”); cuya llama debía estar de forma permanente, conforme al mandato divino (Exodo 27:20-21).
Para ello, buscaron el aceite preparado para ello pero solamente encontraron una pequeña vasija, sellada e inviolada, que alcanzaba para un día. Milagrosamente, el aceite duró ocho días, hasta que pudo producirse el óleo fresco que la ”Menorá” del santuario requería
Así los israelitas de la época, vieron una señal de los cielos, que les anunciaba una nueva y feliz era. La ciudad fue iluminada con muchas luces, celebrando la multitud ”el milagro de Janucá”. De aquí proviene la duración de esta celebración, por ocho días consecutivos y el importante simbolismo de la luz con una connotación de celebración y milagro.

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