El problema de Lev Levaiev (¿y los que vendrán?), de la quiebra de las empresas inmobiliarias en Estados Unidos, el caso Madoff, etc., y su repercusión mundial, son especulaciones que se vienen repitiendo -de distintas maneras- desde hace siglos.
Desde el resurgimiento de la actividad comercial hubo discusiones sobre cual debe ser la actitud de los Gobiernos (luego los Estados) respecto a su intervención o no, y en qué medida, en el control de las actividades económicas de las grandes empresas.
En el siglo XVII, con la necesidad de fortificar los nacientes Estados, la práctica mercantil tenía por objeto acumular riquezas (oro especialmente).
Para ello debían incrementar las exportaciones, practicaron el proteccionismo económico, extrajeron todo lo posible de las nuevas colonias y utilizaron prácticas reñidas con la moral. Así tenían una balanza comercial y de pagos favorables y un Estado fuerte. Los más notorios exponentes de estas políticas fueron Cromwell en Inglaterra y Colbert en Francia, a mediados del siglo XVII.
A fines del siglo XVII y principios del XVIII, debido a la apertura de nuevos campos para los negocios, hubo una verdadera orgía de inversiones en acciones, con gente inexperta en el uso y abuso de las sociedades por acciones (tanto por parte de los inversores como de los propios hombres de negocios), situación que llevó a grandes inflaciones y desastres. Este período fue denominado el “de las pompas de jabón”. Allí precisamente aprendieron un poco los límites dentro de los cuales es prudente operar con títulos en vez de mercancías.
Contra la práctica intervencionista del Estado surgió en el siglo XVIII la idea fisiocrática (fisio=naturaleza y cracia=gobierno, es decir “gobierno de la naturaleza”) en donde la agricultura era la principal y única actividad productiva. Su lema era “laissez faire, laissez passer” (dejar hacer, dejar pasar) porque el Estado no debía intervenir y sólo ocuparse de algunas cuestiones (seguridad, relaciones exteriores, etc.) para garantizar el derecho de propiedad, la seguridad en el goce de los derechos y la libertad económica.
En el caso de los mercantilistas y de los fisiócratas las ideas y prácticas estaban incentivadas y apoyadas por los comerciantes y por la naciente burguesía.
Como apoyo teórico a la Primera Revolución Industrial que surgió en Inglaterra a mediados del siglo XVIII, Adam Smith dio las bases teóricas para la cimentación de estructuras y regímenes de lo que luego sería el “sistema capitalista”, que nos acompaña hasta nuestros días. Smith fue el “Padre de la Economía Capitalista”, por supuesto que con el apoyo de la cada vez más poderosa burguesía.
El sistema capitalista se impuso en el mundo bajo distintos regímenes y estructuras. A principios del siglo XX apareció un pretendido y mal llamado sistema socialista, que no pasó de ser una simple y cruel dictadura. Pero el sistema capitalista y el régimen soviético estuvieron enfrentados entre los conceptos de libertad del individuo versus los intereses del Estado, a cuyas órdenes debían obrar las personas.
Así, el sistema capitalista -en los 200 años de funcionamiento- sufrió numerosas crisis económicas en distintos lugares del mundo, cuya enumeración no es nuestro propósito. Sólo mencionemos la crisis de octubre de 1929 con el crack de la Bolsa de Nueva York, que repercutió en todo el mundo, con mayor o menor intensidad.
El Prof. Botsford -queriendo aplicar el espíritu especulativo a la crisis de 1926-29- describió la crisis de las “pompas de jabón” con que la psicología de los “nouveaux riches” (nuevos ricos) puede ser deducida de su ética mercantil. El modo más fácil y más rápido de hacer dinero era la especulación en el mercado de acciones; no había expertos financieros que ilustraran a los ignorantes, tampoco existía una comisión de directores para vigilar las operaciones bursátiles ni leyes que impidieran la negociación de acciones fraudulentas. Por el contrario, “Todos los medios eran buenos para fascinar la mente del público con vagos rumores de ventajas imaginarias. Falsas informaciones de fabulosos provechos”. (Botsford, English Society in the Eighteenth Century págs.162-163 citado en “Historia de la Economía del Mundo Occidental” de Harry Elmer Barnes págs.319/320).
En 1929 el factor especulativo, inescrupuloso y el ánimo de fáciles ganancias llevó a la crisis, en forma similar a la época de “las pompas de jabón”.
Después, y especialmente luego de la Segunda Guerra Mundial, se tomaron medidas de control para evitar operaciones como las descriptas, pero aparecieron nuevas formas especulativas e inescrupulosas, y las medidas de control no fueron suficientes. Después de varias crisis especulativas de menos importancia nos encontramos con la presente, que si bien no comenzó como bursátil, tiene el común denominador de especulación sin límites, falta suficiente de conocimientos en inversiones inmobiliarias y abuso de confianza en “agoreros de ganancias fáciles” que encontraban inversores especulativos.
La crisis comenzó -como la de 1929- en Estados Unidos, pero esta vez en el ramo inmobiliario, y afectó a inversionistas no sólo en ese rubro sino en otro, pero siempre buscando mayores ganancias fáciles (caso Madoff y otros). La globalización afectó a todos los rincones del planeta, en mayor o menor medida.
Nuestro país tuvo una crisis especulativa bursátil y bancaria que se desplomó en 1985, a raíz de la cual se tomaron medidas que nos permitieron sufrir con menos intensidad la presente crisis.
Es decir que ni el “dejar hacer, dejar pasar” de los fisiócratas, ni las ideas de Adam Smith y de los economistas liberales posteriores son suficientes para que la economía funcione sin control estatal. El espíritu de ganancias fáciles de los individuos es a veces más fuerte que la prudencia. Tampoco debemos llegar al extremo del mercantilismo del siglo XVII, pero es evidente que debe haber un mayor y mejor control de las autoridades financieras y bursátiles sobre todas esas empresas que aunque parezcan que son sólidas y de particulares, cuando se expanden en forma extraordinaria siempre es el público inexperto y ávido de ganancias fáciles el que paga las consecuencias. O el Gobierno, para evitar el derrumbe de esos monstruos creadores de “esperanzas” debe salvarlos de la catástrofe, para evitar males mayores.
De cualquier forma siempre es el consumidor quien soporta -directa o indirectamente- los derrumbes de esos inescrupulosos. Entonces, ¿por qué no prevenir antes que curar?
Los mecanismos de control deberían ser más estrictos para evitar que estas especulaciones y crisis se repitan, como por ejemplo la exposición más minuciosa de los datos de los balances, creación de un control permanente y preventivo con la Administración, etc.
Lo dijo muy claro el Cr. Benito Roitman en Aurora: “Si la crisis está pasando, los riesgos que aparecen hacia delante surgen de la eventual continuidad de pautas de funcionamiento de la economía similares a las existentes antes de la crisis. Esta es la forma más segura de volver a recaer en “los mismos errores y en los mismos problemas.”

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