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Publicado 13/12/2012 15:24
Mundo Judío
Segisfredo Infante, Tegucigalpa
Homenaje al Libro y al Santuario de Jerusalén


Desde la hermosísima ciudad-puerto de Haifa, mi joven amigo Libny Ventura Lara, ha hecho llegar a mis manos un volumen híper ilustrado acerca de los tres mil años de historia de la antiquísima Jerusalén, la de los legendarios "jebuseos" y del histórico rey David. Este detalle bibliográfico singular, bello y magnífico en sí mismo, me ha empujado a recordar mis intensas caminatas por aquella ciudad inmemorial, y por otras partes arqueológicas y místicas, hace unos veinte años aproximados, en donde terminaron de incubarse algunos ensayos míos y por lo menos un largo poema fundacional.
En las caminatas se puede apreciar que en los alrededores de la "Nueva Jerusalén" se encuentra un monumento especial conocido como el "Santuario del Libro", bajo cuyas bóvedas hoy se custodian los "Manuscritos del Mar Muerto", que fueron encontrados en las cuevas de "Qumram", cerca de las edificaciones en donde habitaban los monjes de la secta religiosa judía de los esenios, dedicados, hace más de dos mil años, a la contemplación, a la pureza, a escribir sus cantos poéticos y a la lectura de los textos sacros del "Antiguo Testamento", algunas de cuyas copias manuscritas sobrevivieron al paso corrosivo de los siglos. Entre esas copias se encuentra un libro casi íntegro del profeta Isaías.
Sin ignorar para nada las más importantes bibliotecas y hemerotecas físicas del mundo contemporáneo, entre ellas la gigantesca Biblioteca del Congreso en Washington, el Estado de Israel es posiblemente el único país del mundo que ha construido un santuario exclusivo para el libro, en tanto que histórica y culturalmente hablando, en esa tierra surgió, creció y se desarrolló, antes y después de la gran Diáspora, "el pueblo del libro" por antonomasia. No es casual, entonces, que el gobierno israelí haya dedicado ese singular edificio al resguardo y conmemoración del libro antiguo, el más asombroso de los instrumentos creados por el hombre, según el escritor universal Jorge Luis Borges.
En tal geografía, me fue posible redactar un ensayo-conferencia "El Libro en

Honduras", durante el mes de abril de 1993. Recuerdo que el texto decía más o menos lo siguiente: "El libro es un término genérico que implica una totalidad. Hablaremos entonces de esa totalidad en aquello que le es pertinente a Honduras. (…) Sin extraviar de nuestro horizonte literario el significativo hecho que Honduras es una entidad que surge a la vida provincial, colonial o virreinal, como resultado del cruce de por lo menos tres culturas: la negra, la indígena y la española, y que desde hace alrededor de cuatro siglos predomina espiritualmente la española, y sin perder la perspectiva que esta historia coincide poco más o menos, en su cronología, con la historia de la imprenta europea de tipos móviles, bien podremos referirnos, algunas veces a fondo y otras veces muy tangencialmente, a los libros que se han escrito y publicado en relación con Honduras, y dentro de la Honduras misma."
El bibliógrafo nacional don Miguel Ángel García (QEPD), sostiene que "el primer hondureño que escribió un libro, es el trujillano Don Francisco Carrasco del Saz, nacido en dicho puerto a finales del siglos dieciséis. Este hondureño de nacimiento tuvo que trasladarse, a temprana edad, a la ciudad de Lima, Perú, donde realizó sus estudios literarios hasta obtener el título de abogado en la Audiencia de Lima. Fue Rector de la misma Universidad y Oidor en la Audiencia de Panamá, lugar donde murió, el año 1659." Esta afirmación del bibliógrafo García sigue pendiente de confirmación. Mi ensayo-conferencia de Jerusalén continúa expresando: "Después seguía el tegucigalpense Don Antonio de Paz y Salgado, jurista, quien a comienzos del siglo dieciocho nos dejó escritas en Guatemala interesantes obras. Para la misma época tendríamos al padre José Lino Fábrega (1746-1797), quien, según Heliodoro Valle, en su artículo "Historia del libro en Honduras", era nativo de Tegucigalpa y "fue autor de uno de los libros que sobresalen en la Americanística: Códice Borgiano." Y así discurría, sucesivamente, mi humilde exposición hondureña, en aquella tierra sacra que más le ofrece homenajes históricos a los libros.



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