Finita Alvarado caminaba lentamente, esa mañana de enero, por las lustrosas tablas de la Rambla Bristol, inaugurada el verano anterior de 1913, mientras William su pequeño hijo, de tres años, vestido con su traje de marinero, con su gorra azul y sus zapatos deportivos de cuero marrón y blanco, hacía sus primeras carreras en el triciclo que había recibido ese Día de Reyes.
Finita Alvarado llevaba puesto uno de los trajes de baño que había traído del pasado verano europeo, cuando visitó la Costa Azul con su esposo y sus suegros. El nuevo diseño, más ajustado al cuerpo, atrevido, con tejidos que no se estiraban tanto cuando se mojaban, favorecía su bella silueta de veinticinco años.
La sombrilla de encaje color té que la resguardaba de los verticales rayos del Sol y le conservaba el tono blanquecino de la piel, le daba un toque de distinción entre toda esa “troupe” de señoronas gordas, vestidas con polleras largas y negras, con capellinas oscuras y sombrillas descoloridas.
William corría alrededor de la piscina donde los bañistas con sus trajes a rayas y sus bigotes encerados hacían alardes de saltos, salpicando a los curiosos, que se agolpaban junto a la baranda que los separaba del lugar privilegiado, con aguas cristalinas y largas reposeras.
Finita Alvarado se detuvo junto a la escalinata que conducía hacia el mar. La arena y la espuma deslumbraban con un resplandor tal que impedía fijar la vista en ellas.
Un vendedor de gofio y barquillos le extendió un paquete que ella rechazó con un ademán y un fotógrafo se escondió bajo su manto negro mientras ella se aproximaba sonriendo y negando con la mano enguantada.
Sobre el horizonte una goleta dejaba ver sus brillantes velas triangulares.
El corazón de Finita se inquietó al ver que William tardaba más de la cuenta en dar la vuelta a la piscina...
Ricardo Aranguren, un hombre de gran poder económico, dedicado a la ganadería, tenía más horas libres por día que de trabajo formal, ya que sus administradores le manejaban los negocios. Dedicaba gran parte de su tiempo a un hobby que lo tenía atrapado desde muy chico, coleccionaba juguetes.
Toda su casa era un gran museo del juguete, muñecas de porcelana, trenes de todo tamaño y color, casitas de muñecas, jueguitos de té...
En esos días Ricardo Aranguren estaba entusiasmadísimo con su nueva adquisición, una Bugatti Baby, que el famoso fabricante de automóviles había realizado
Las pequeñas Bugatti eran tal cual las verdaderas, tenían ruedas de aluminio fundido, ejes verdaderos rebajados, cubiertas, tornillo sinfín, caja de dirección, tambores de freno y suspensión, con la diferencia que contaban con un motor eléctrico que las convertía en verdaderas joyas para jugar.
La restauración del tapizado de cuero, la pintura y los cromados de ese “juguete” de setenta años lo tenía absorto...
Ese Día de Reyes de mil novecientos noventa mientras trabajaba limpiando el tapizado de su maravillosa Bugatti, su mayordomo se presentó en el taller para comunicarle que alguien deseaba verlo.
Un peón de maestranza del Hotel Provincial tenía un juguete que le podía interesar.
No le llamó la atención la visita porque era un personaje famoso en la ciudad y en el mundo por su admirable colección, así que lo recibió sin problemas.
El peón apareció en la puerta del taller con un triciclo rojo de un modelo muy antiguo, pero en excelente estado.
-¿En dónde lo consiguió?- preguntó Ricardo Aranguren sin siquiera saludar.
-Estaba abandonado en el sótano del hotel y como nadie lo reclamó, pensé que le podría interesar.
-¡Ya lo creo! ¿Cuánto quiere?
-¿Cien le parece bien?
Ricardo Aranguren salió con el hombre hacia su estudio. Abrió el cajón de su escritorio y le entregó al peón un billete nuevo, crujiente, lo despidió con una palmada y le pidió que le siguiera trayendo más chiches cuando pudiera.
Ricardo Aranguren volvió a su taller y se quedó admirando la nueva adquisición, sus cuarenta años de experiencia le indicaban que estaba frente a una pieza original, pero por el caucho de las ruedas, la pintura, el cuero del asiento, parecía que recién había salido de la fábrica.
Sin encontrar explicación y seguro que tenía en sus manos un triciclo original, italiano, de alrededor de 1910, lo dejó de lado y continuó restaurando el tapizado de su Bugatti de cincuenta mil dólares.
Una semana después, mientras Ricardo Aranguren desayunaba, en su terraza privada, lo atravesó un escalofrío mientras leía la primera plana de “La Capital” donde la jueza de menores de Mar del Plata pedía informes para localizar a los padres de un menor, rubio, de alrededor de tres años, de buena posición, que disfrazado con ropas del mil novecientos vagaba por la Bristol llamando a su mamá ...
© 2010 Daniel Mytnik – Todos los Derechos Reservados sobre Textos y Fotografías.

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