Adiós a un padre

Post thumbnailParte vieja del cememterio judío de La Tablada, en la provincia de Buenos Aires, Argentina - Foto: Wikipedia - CC BY-SA 3.0

El dolor es una de las cosas más importantes de mi vida. La palabra “escrito” no resulta adecuada. Me he encontrado ante páginas regularmente llenas de una letra pequeña extraordinariamente regular y serena. Me he encontrado ante un desorden fenomenal de pensamientos y sentimientos que no me he atrevido a tocar y comparado con el cual la literatura me ha avergonzado.
                                                                                     (Margerite Duras, El Dolor)


 Ese día de enero murió su padre, y el día de Reyes lo enterraron. Quedó como anestesiado, no sabía qué hacer. Llorar no podía. Hablar tampoco. Entonces ¿qué? Perplejo sería la palabra con la que mejor podríamos definirlo.

Cuando se acercó al geriátrico donde murió, no pudo verlo ahí, yaciendo en la cama, con ese cuerpo hecho una cosita toda consumida según le dijeron. Sólo vio salir de la habitación un bulto puesto en una bolsa de plástico negra, grande, exactamente como si fuera un gran residuo camino al tacho de basura. ¿Y acaso los muertos no son eso? Grandes bultos llamados restos, deshechos mortales camino al gran hoyo. Lo demás, ceremonias y rezos son puros adornos con el intento de maquillar la muerte y dar de ganar sus buenos pesos a los que encabezan las ceremonias religiosas no importando a qué credo pertenezcan.

Y es así como ese gran paquete que había sido su padre también fue camino al vacío como tantos otros previo a él, junto a una adecuada lavatina y purificación corporal según dicta el rito judío, de lo contrario no sería aceptado como el nuevo inquilino de esa gran necrópolis llamada “Cementerio de La Tablada, Parte vieja”.

Y, ahora bien, volviendo a él, llamado de aquí en más “el que vela al muerto”, no sabe qué hacer frente al cajón, llamado “el ataúd”, con la tapa cerrada, dudando si el que está ahí adentro, acostado, muerto, duro y frío es en verdad su padre. Y si metieron en su lugar a algún otro, y si el cuerpo del padre lo desmantelaron como un auto en el desarmadero y le robaron los órganos. Una gran carnicería médica llamada “donación de órganos en aras de la ciencia”. ¡Marche un corazón al Pirovano, el hígado va al Clínicas, los riñones al pedido del Fernández, los ojos los tiramos porque ya no sirven para nada! Y qué te parece el pelo, mirá vos cuánto le queda aún al viejito, seguro que sirve para hacer algún que otro peluquín, ¿te parece que se lo mandemos a Giordano?

Sí, todo eso se le va ocurriendo en su tristeza mientras vela un cajón cerrado, a solas, tanto para el muerto pues los muertos siempre están solos, como para el hijo en su dolor, que aunque esté rodeado de miles de amigos, camaradas del padre, vecinos y que no se sabe cuántos son, el que duela la muerte de un padre siempre está solo. Los muertos no saben que están muertos, son los hijos los que lo saben y lloran su partida. Pero ese día él no sabe a quién está velando, por quién está llorando. No sabe por qué lo dejaron ahí como una estampilla fijada al féretro y los demás salieron espantados, quedándose tan sólo un ratito, cuestión de cortesía, no queriendo saber que la muerte existe, que algún día también ellos estarán ahí, sí ahí, acostados, solos, duros y a oscuras pero ya sin saberlo, y serán los otros, llamados “los deudos”, los que velarán su partida,  quizás también los nuevos otros dejen al pobrecito solo porque nadie, absolutamente nadie, quiera saber que algún día todos, absolutamente todos nos habrá de llegar el momento de yacer en un féretro. Digo que no sabe a quién está velando porque no puede aceptar ni creer que sea su padre el que yace ahí adentro, tieso, frío y muerto. Piensa, -seguro que es una broma de mal gusto, que cuando vuelva a casa lo veré sentado frente a la tele como de costumbre, refunfuñando un poco y pidiéndome que le haga un té y una galletita dulce puesta al lado del platito-.

Y mientras va dejando que esos pensamientos fluyan, lúgubres, tristes, no se da cuenta de que las horas van transcurriendo y que ya comienza a amanecer. Son las siete, las ocho. Las nueve, y esa es la hora señalada. A las nueve se lo van a llevar. Y las nueve llegó, no sabe siquiera cómo se le escurrieron las horas de esa larga espera. Y en verdad la hora nueve ya está ahí, estampada en su reloj.

Y así como el carcelero no equivoca la hora de la ejecución, el funebrero tampoco posterga la hora de la partida. Todo debe hacerse rapidito, muy prolijo, ceremonioso, muy… cómo podríamos decirlo, muy insensible, un trabajo más, un obrar miserable. Y a las nueve en punto un coche negro apareció de la nada, puso el cajón de madera marrón llamado “el ataúd” en la parte trasera, el hijo se sentó adelante con su madre y luego de hecho todo ese trámite, sin pena ni gloria, junto a toda la comitiva, se partió rumbo a La Tablada. Y esa fue la última vez que vio a su padre, bueno es una forma de decir, porque no vio nada. Lo imaginó extendido, acostado a lo largo de ese cajón de roble que seguro una vez enterrado algún experto en el tema ya se lo habría de robar. ¡Ah! la muerte y sus negocios.

Todo esto lo piensa en un tono irónico, pero qué otra cosa le queda por hacer al pobrecito. Un poco de ironía no viene mal, hace de bufanda, da calorcito a esa alma en pena que sabe que la muerte es para siempre y que su padre nunca más habrá de volver. Y ahora bien lo sabe en su propia carne que la muerte existe y lo que significa ser huérfano y para siempre. Ahora el mundo le pertenece, ya no tiene que rendir cuentas a nadie, ni tener que pedir permisos, ni hacer buena letra para ganarse la aprobación de su padre. Ahora es libre, ¿libre?, ¿en verdad es libre? Si es así, ¡qué lástima!

Ahora está frente a su destino que lo mira a los ojos, sin ambages y entra en pánico.

Ahora sí tendrá que madurar, ahora sí no habrá ya más a quien culpar.

Bueno, ese del que hablan en tercera persona soy yo, el único hijo del muerto. No sería justo con este hombre que va camino a su última morada que sólo nos quedemos con esa imagen funesta, la de ser retirado en una bolsa negra y puesto en un lujoso féretro de roble camino al Cementerio de la Tablada, y aclaramos, Parte Vieja, y decimos más, que será sepultado en un lugar exclusivo, reservado únicamente para los sobrevivientes de la Shoá.

¿Por qué ahí?, se impone la pregunta, ¿qué fue de su vida que hizo que se “mereciera” ese lugar tan “privilegiado”?

Podemos elucubrar miles de historias. Que fue un héroe de guerra, que luchó como guerrillero en las estepas rusas, que fue un espía polaco pasando información sobre el avance de las tropas nazis a los aliados. En fin, si dejamos a la imaginación trabajar ésta no tiene límites. Es fabulera y le encanta pensar que todo hombre es un James Bond de su época. Pero lamentablemente no fue así, ni corresponde a la historia y a la vida de este hombre. Mi padre fue un humilde obrero, un operario en una curtiembre en Polonia y que todos los días de su vida se dirigía al trabajo caminando, debiendo recorrer siete kilómetros a pie, llueva o truene, pues no había otra forma de hacerlo. En verano ese recorrido se le hacía un poco más agradable, pero durante el crudo invierno polaco, con 30° bajo cero su paso era más lento, su nariz enrojecía y su ánimo se opacaba, sin poder darse el lujo de enfermarse pues era uno más, una insignificancia en ese inmenso engranaje fabril, o sea que, “el que falta, queda afuera”. Y detrás de él una larga fila está esperando a que alguno cometa un error y sea despachado del sistema. Ese era el destino de todo pobre en la Polonia de la pre-guerra.

Y esa aletargada monotonía que se venía repitiendo desde sus quince años súbitamente se ve interrumpida un 1° de septiembre cuando su país es sorprendido por un cielo atiborrado de aviones alemanes bombardeando a esa pobre gente, en forma desmedida, sin motivo alguno, simplemente por el puro placer de querer jugar a la guerra. Y debido a esa maldad, donde hasta el último día de su vida no lo habría de sacar de la perplejidad, de darse una respuesta digna a su ¿por qué?, ¿qué hice para merecerme esto? Perdí a todos, y cuando se dice a todos es todos: seis hermanos, sus padres, sobrinos, cuñadas, primos, abuelos, tíos. Todos. Quedó sólo en un mundo desvastado. Y será el único que logrará sobrevivir, escapando, huyendo cada vez más al Este hasta que finalmente es recluido en un campo de concentración ruso. Fue un cautivo allí junto a un montón de compatriotas, pasó hambre, miserias, humillaciones, pero la gran diferencia con los campos de concentración nazis era que en Rusia no había cámaras de gas ni experimentos médicos. Su trabajo consistió en talar árboles a 40° bajo cero protegido de manera miserable del frío y sin un calzado adecuado. Así y todo, logró sobrevivir. Y ya finalizada la guerra decide apostar nuevamente a la vida construyendo una pequeña familia.  Eramos mi padre, mi mamá y yo. Y ese yo es el que lo está acompañando rumbo a Tablada junto a mi madre sentada a mi lado, en silencio, sin derramar una lágrima y eso me desespera, preferiría que grite, que su presencia sea sonora, no ese estado de absoluto silencio, casi como si ella también estuviera muerta. Y éste “yo” es el que deberá decir el Kadish por un padre muerto, al que le harán un pequeño corte en el traje en señal de duelo. Y seré también yo el que dejará de sentirse culpable por no haber podido llenar todas sus expectativas, el que no pudo colmar todos sus vacíos, el que no lo pudo proteger de sus miedos. Pero también soy el que lo amó incondicionalmente de una forma desaforada, loca, pero en silencio, sin habérselo podido decir de frente, de cuánto lo admiraba, que él era todo para mí, que soy su hijo y él mi padre.

Soy yo el que hoy, frente a ese gran agujero oscuro que lo está esperando en ese confín olvidado del barrio de La Tablada el que le dará el último adiós, el que le va a decir: “gracias papá, te voy a recordar siempre. No te voy a defraudar.

No te voy a olvidar.

Seré tu continuidad.

Releo estas páginas después de muchos años de haberlas escrito, mi padre murió hace ya 30 años, cómo es posible que me haya olvidado de este texto, como es posible que yo haya escrito esto, no reconozco mi letra, no reconozco mi estilo de escritura, pero lo que sí reconozco es mi dolor, mi profundo pesar de ese momento, ese regalo de reyes que alojó su última morada, ese regalo que le trajeron a este joven que perdió demasiado prematuramente a un padre, a ese hombre sostén de mi vida, ejemplo de humildad y honradez, ejemplo de vida y que hoy lo veo repetir en mis hijos, entonces puedo decir, gracias papá, tarea cumplida, tu enseñanza ha sido transmitida, tu amor a la vida también, y tu presencia en cada gota de sangre nueva me repite y resuena en esa tan mentada frase: Aún estamos acá.