A varias décadas de distancia

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Entre el 14 de mayo y el 8 de junio, se celebran en Israel dos fechas importantes.  Una es la independencia de Israel de 1948, y la otra es la reunificación de Jerusalén en 1967.  En el fragor del día a día israelí, muchas veces perdemos la perspectiva de los logros de la nación en escasos 72 años de fundación.

El Estado de Israel constituye una reafirmación de la historia universal y una evidencia de la razón de ser de los judíos. Volver a la tierra original, y cumplir con la finalidad de una nación de tener tierra propia, luego de dos mil años de exilio es prueba inequívoca de identidad y, para quienes somos creyentes, la evidencia de la intervención Divina en nuestro quehacer diario.

Pero hay algo que debemos destacar en estos días.  Y es el espíritu positivo del Estado de Israel desde su fundación.

Nació sin los territorios que reclamaba y amenazado por vecinos hostiles. Su existencia siempre ha estado en peligro, y su legitimidad puesta en entredicho por enemigos cercanos y lejanos.  Pero el estado se abocó a construirse y servir a sus ciudadanos, tratando también de cumplir la misión de reunir a las diásporas,

En 72 años, Israel es una potencia.  Una potencia militar por obligación, puesto que la alternativa fue siempre perecer.  Teniendo detrás el mar como frontera, no se puede elegir mucho.

Y es una potencia en todos los demás sentidos por elección.  En el área de tecnología, y de ciencia.  En estos días de virus y encierro, por ejemplo, muchas miradas se ciernen sobre Israel a la espera de alguna cura o alivio para el mal que nos ataca.

Cualquier país sometido a las amenazas vitales a las cuales se ha visto sometido Israel, desde su fundación y hasta hoy mismo, hubiera decretado un estado tal de emergencia que la democracia se hubiera considerado innecesaria, cuando no peligrosa. Sin embargo, desde antes de su fundación, la democracia ha sido ejemplar en Israel, y no una democracia cualquiera.  Un sistema parlamentario que garantiza a las minorías exigencias que, a veces, resultan hasta incomprendidas.

La libertad de prensa es otro baluarte del Estado.  En cualquier otro país, incluso de mucha tradición republicana y libertaria, se hubiera censurado a la prensa.  En Israel, desde la época de su primer Primer Minsitro, David Ben Gurión, los escándalos se dirimieron en la prensa y la opinión pública estuvo siempre al tanto de lo bueno y más, de lo negativo.

La calidad de vida de los ciudadanos es la prioridad de estado. El ejemplo de la atención temprana a la actual pandemia, sin entrar a juzgar los resultados (que son comparativamente positivos), nos dan un ejemplo reciente.

Sí.  Israel es una historia de éxito.  Basada en tenacidad, sacrificio y buena voluntad.  Sin dejar de ser excesivamente autocríticos.  Una combinación de pragmatismo y de ideología que tratan de permanecer en delicado equilibrio.

Por antagonismo, los vecinos de Israel dan fe de ello.  Teniendo las mismas oportunidades, mucho más recursos económicos y apoyo de sus hermanos o similares, en vez de construir una sociedad de bienestar para todos, han dilapidado años, cuantiosos recursos económicos, y lo peor, vidas, en reclamar el todo para quedarse con nada.  Uno ve campos de refugiados eternos, campañas de odio estéril, entrenamientos y arsenales de cohetes y armas para… seguir en las mismas y peor.  Mientras Israel se transformó en una potencia, quizás sus vecinos del sur, en Gaza, logren, gracias a su experiencia en fabricar túneles de la muerte, algún contrato en algún país que los tema, como constructores de un metro artesanal. Lástima.

A varias décadas de distancia se ve la diferencia entre el éxito y el fracaso.  Lo bueno, y lo malo.  Lo correcto y lo incorrecto.

No todos lo ven.  Por ahora. ¿Lo verán?  Ojalá más pronto que tarde.

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