El profesor Luis Cencillo hablaba coloquialmente de las razones de la depresión: exceso de trabajo, carencias afectivas, y el balance entre deseos y posibilidades. El mejor método de entristecerse es andar equivocado. Un ideal es una meta, un lugar que da satisfacción. Por tanto, sólo hay que proponer metas estúpidas para lograr el círculo perfecto: En ambos casos sufro (si lo consigo como si no).
No voy a analizar los ideales de cada uno. Bien sé que hay de todos los gustos. El más interesante es aquel que no ve ninguna otra forma de sentirse importante que fastidiando a los demás, y cuando el objeto de su esfuerzo le condiciona a perjudicarse a sí mismo para perjudicarlo a él, no duda. Le queda el regusto de ser estúpido.
Superando la fase de los propósitos a alcanzar (la mayoría los consume como la publicidad: sin análisis), llegamos a la frustración, a no conseguir lo que deseamos.
Lo importante es lo que hacemos con esa insatisfacción, en qué la convertimos. No son pocos los que la convierten en resentimiento. Y hoy me apetecía hablar de las resentidas. Me cuentan y he observado en algunos casos, los enormes sueños que albergan en sus años mozos muchas mujeres. Y como la realidad va generando cierto desasosiego. En la actual época de crisis: el noble ideal de formar una familia con los dos miembros trabajando (cada uno de ellos mileurista), pagar la hipoteca e ilusionarse con todo aquello que produce envidia, conduce a una constante desnivel entre lo que se tiene y a lo que se aspira. La felicidad suele provenir de la satisfacción con el presente y el deseo de alcanzar un buen futuro. Pero aquí me metería en honduras que requieren reflexión.
La pobreza aboca a los nobles españoles a renunciar al tradicional concepto de familia. Por tanto, se constituyen relaciones más ligeras.
Debido a mi delicadeza me gusta pasarlo bien cuando estoy con una mujer hermosa, disfrutar de su conversación, reír, etc. Si gracias al cielo (y a su voluntad), llegamos a la relación sexual, me preocupa enormemente que disfrutemos tanto ella como yo. Y finalizado el encuentro, me encanta que exista la honestidad, la claridad de ideas y el respeto suficiente como para continuar la vida en paz.
Este patrón es peligroso, pues puede conducir a una relación placentera y extenderse en el tiempo, dando lugar a un compromiso.
Lo que me inquieta es la disyuntiva que se plantean algunas mujeres: Si el sujeto es un buen partido (hay una disposición muy concreta de mostrar ciertas actitudes), pero si es un hombre sin futuro (acto para la relación sexual, pero con los inconvenientes de estar casado, no susceptible de enamorarse, en paro, etc.) se abandonan al sabroso presente.
Toda mujer ha conocido a algún “hombre sin futuro”, es decir, aquel que le plantea claramente su disposición para el sexo y nada más.
Lo sugerente es hacer un análisis parcial: la mujer no ve con buenos ojos compartir su sueldo con un hombre, por tanto, el elegido tiene que trabajar… Ha de elevar el nivel de vida que ella tiene sola, y ha de amarla. En fin, difícil.
No entro en el campo de las infidelidades, pero si me resulta pasmoso descubrir a una mujer muy fogosa (de la que incluso he llegado a ver algún video), comportándose tan recatada con la víctima que ha elegido. Según para qué y a cada cual.
Lo que quiero compartir es mi interés por incrementar la sensibilidad. Cuando en algún acto cotidiano, tomar un café, saludar, etc., comenzamos a sentir de un modo intranscendente un malestar difuso (resentimiento) en la mujer con la que tratamos… Si disfrutamos sólo cuando damos rienda suelta a la sexualidad, y después nos preguntamos: ¿Qué hago yo aquí?…
Podemos percibir cierta similitud con la prostituta: nos duele pagar por sus servicios, disfrutamos sin entrar en el plano personal, y al despedirnos nos sentimos aliviados.
El sexo es una parte interesante de la vida y para las mentes ordenadas y serenas es un oasis donde beber fuerza.
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