Si aún estuviera con nosotros, Marlene Dietrich cumpliría hoy 99 años. Cabe festejarla de todos modos. Tuvo una vida ágil, multiforme, dinámica. Atínó a saborear todas las oportunidades que se le presentaron en su camino, sin renunciar a los principios democráticos y a la mutua tolerancia. Nació en Alemania en 1901 en un hogar próspero. Sus inquietudes la condujeron bien pronto a significativas relaciones con hombres y mujeres. Contrajo matrimonio por primera vez a los 15 años, y enviudó muy poco tiempo después: su joven marido abultó las trincheras de la I Guerra. Y esta experiencia y la frágil República de Weimar modelaron sus propensiones políticas.
El cine y el teatro le fascinaron. Nos dejó exhibiciones inolvidables de su talento, desde Lola Lola que la hizo célebre hasta el Ángel Azul y Shangai Express. Adoptó la ciudadanía norteamericana en 1939, un hecho que puso histérico a Hitler y a Goebels. Y durante los largos años de la guerra apareció junto con los soldados, consolándolas en esas horas afiebradas.
Hombres y mujeres de talento la atrajeron inevitablemente: Eric María Remarque, Jean Gabin, y la escritora cubana- norteamericana Mercedes de Acosta. Cuando los años y las dolencias comenzaron a torturarle, se refugió en París en una casa de la cual nunca salió hasta su muerte en 1992. Su cuerpo se asiló, primero, en Francia, y más tarde en Alemania, donde llegó cubierto con una bandera norteamericana.
Leyendo en estos días el magnífico segundo volumen de Shaul Friedlander sobre el exterminio de los judíos en la II Guerra, festejar a Marlene Dietrich es refrescar alguna esperanza de alejar, por algunos instantes y en algunas circunstancias, ese Mal absoluto que suele fascinar a personajes y épocas que merecen un inolvidable olvido.


