En el borde del lago quedó el tiempo, junto a los juncos y los cisnes. Un reloj se detuvo aquella tarde, una estrella murió, el viento olvidó su natural balanceo, el silencio se adueñó del cielo, los pájaros perdieron sus plumas y cayeron. Cientos, miles de pájaros. Desfalleció esa noche la luna sobre el cuenco de las aguas sin reflejo y cubrió lo poco que quedaba allí de nuestros cuerpos, borró los rastros del encuentro, los restos de nuestra vida en común que duró tan solo un par de horas.
Amaneció como si nada hubiese acontecido; la gente emprendía su camino al trabajo, compraba frutas y verduras, flores de regalo, bombones envueltos en celofán azul. Volví. El lago seguía meciendo a los cisnes y a los juncos que ya no volveríamos a ver.
Algo mío se ahogó ese día que jamás recuperé. Ni siquiera las clases de natación que siguieron a los próximos inviernos me ayudaron; nunca conseguí nadar lo suficiente contra ese recuerdo y reponer esa cierta sensación que se perdió, para siempre, el día que los pájaros perdieron sus plumas y cayeron resignados delante de mis ojos, como si supieran que mis manos no podrían salvarlos.
Octubre, 2011


