Hace algunas semanas realicé un paseo por Jerusalem. Quería visitar los lugares santos cristianos y decidí tomar una excursión guiada.
Nos encontramos junto a la puerta de Iafo, un grupo de aproximadamente treinta personas, entre las que se encontraban curas y monjas de distintas órdenes y público en general, todos de habla española.
Para asombro de no pocos, el guía era un cura de la Iglesia Católica Apostólica Romana, bastante joven. Mientras él hacía su presentación, escuché a una madrileña que le comentaba a su amiga, con un inconfundible acento ibérico: "-¡Qué tío tan guapo!"...
Iniciamos el recorrido por el mercado árabe, repleto de objetos de Medio Oriente, perfumes indescriptibles y gente de todo el mundo.
Recorrimos una a una las estaciones de la "Vía Dolorosa", recibiendo una minuciosa explicación de lo acontecido en cada lugar. Mientras, cada uno de los presentes hacía lo que su sensibilidad le dictaba: algunos derramaban lágrimas, otros se santiguaban innumerables veces, otros encendían velas que habían comprado en cantidad suficiente para dejar en cada lugar, algunos oraban en silencio, otros en voz alta y otros sólo sacaban fotos.
Lentamente entre el bullicio de callejuelas angostas, colmadas de caminantes, no más anchas que para el paso de un burro cargado, fuimos parando en todas las estaciones.
Llegando al "Santo Sepulcro", uno de los lugares más sagrados de la cristiandad, sino el más, los propios de la fe gozaron de un éxtasis de religiosidad, tocaron y besaron piedras, pilares y figuras, encendieron velas, se arrodillaron, oraron, se santiguaron una y mil veces ante cada imagen, algunos caminaron de rodillas, lloraron, aspiraron el intenso olor del incienso y recorrieron todo el ámbito de la magnífica basílica hasta sus grutas más profundas excavadas en la roca.
Al final de la visita nos reunimos nuevamente frente al gran portal de la entrada y de allí volvimos a introducirnos en el laberinto de ésta pequeña ciudad.
El guía nos propuso sentarnos en un restauran para reponer fuerzas y comentar la experiencia.
Entramos en un enorme recinto de techos abovedados con arcos de medio punto y aggiornado como lugar de comidas típicas.
Juntamos mesas y corrimos sillas para estar sentados todos juntos.
La charla fue agradable, todos estaban muy excitados por la experiencia pasada, muchos revisaban las fotos y compartían las imágenes con sus vecinos de asiento.
Una vez finalizado el almuerzo el guía se puso de pie y comenzó a hablar.
Nos sugirió, como final del encuentro y ya que habíamos hecho una visita netamente religiosa, que los que quisieran contaran a los demás como era su relación con Dios.
Tras un silencio de algunos segundos y miradas y sonrisas que se cruzaban de lado a lado, un sacerdote levantó la mano, se puso de pie y comenzó a hablar, notándose inmediatamente que estaba acostumbrado al púlpito… habló de su pasado arrancando no pocos "¡Oh!" de asombro.
Contó que hasta los treinta años había estado casado, que no tuvo hijos y que en un accidente automovilístico fue rescatado de entre las llamas de su coche por un ángel. Tan traumática y real fue la experiencia que decidió dedicar el resto de su vida a Dios.
Al instante en que el sacerdote se sentó, levantó su mano, se sonrojó y se puso de pie una monja germana muy joven y con un rostro llamativamente bello. Seguramente pasó por la mente de todos los presentes la misma pregunta…"¿Cómo una mujer tan hermosa podía esconderse en los hábitos?".
Comenzó a contar, tartamudeando, que había nacido en una familia muy humilde, en el campo y desde muy niña los padres la habían dejado en un convento.
Siguió uno a uno los pasos que le indicaban y llegó a tomar los hábitos… Estudió, oró, hizo penitencias, siguió el dogma, conocía todo sobre el catolicismo, sus rituales, sus bases más profundas. Contó que se dedicaba a cuidar enfermos en el hospital de su pueblo.
Aun así, después de tantos años dentro de la Iglesia, no tenía seguridad sobre nada, ni siquiera sobre la existencia de Dios. Con lágrimas en los ojos, se sentó.
Yo levanté mi mano, me puse de pie, sentí todas las miradas clavadas en mí… y comencé a hablar.
-Soy judío, como sabrán, a los trece años los jóvenes de mi pueblo cumplen con un acto religioso que los convierte en seres responsables, mayores, capaces de leer las Sagradas Escrituras…
Por lo general, un año antes de cumplir los trece el joven acude a clases preparatorias, dictadas por un rabino de su comunidad.
Cuando yo tenía doce años me apasionaban las ciencias y había leído varios libros, escritos para jóvenes, pero con muy buen nivel. Antropología, Astronomía, Historia, Ciencias Naturales… A esa temprana edad ya estaba convencido de que Dios no estaba en mi camino. Decididamente no iba a ser una persona religiosa, pero en esa época era un títere manejado por mis padres a gusto o disgusto.
Un día mi madre me planteó comenzar el curso preparatorio para el Bar-Mitzva. Me negué rotundamente, protesté, quise imponer mis sentimientos, mis convicciones, mis padres tampoco eran religiosos, ni creyentes, sólo tradicionalistas.
Mi madre me dijo: "-Hacelo por el abuelo, sino lo vas a lastimar".
Así comencé a asistir a las clases en un templo de mi barrio.
Eramos un grupo de unos veinte muchachos de no más de doce años, pero nos reuníamos al anochecer y eso nos hacía parecer mayores. Estábamos bajo la supervisión de un rabino que con gran sorpresa marcó, con ésta experiencia, una huella indeleble en mi alma.
Era una persona de una nobleza inigualable, una capacidad intelectual brillante y para mi asombro me llevó por los mismos caminos que había transitado… las ciencias.
Pasaron seis meses y yo estaba cada vez más convencido de mi camino y seguía protestando.
Un día mi mamá se encontró por casualidad con un ex compañero de colegio de ella, a la sazón, rabino… le contó lo que me pasaba y sobre mis pocas ganas de cumplir con el rito milenario.
De la noche a la mañana dejé las charlas en la comunidad de mi barrio y comencé a viajar una vez por semana al centro de la ciudad.
En uno de los principales templos de Buenos Aires fui recibido por éste rabino que me condujo a una gran biblioteca dónde me sentó a la cabecera de una enorme mesa. Me preguntó si leía hebreo y le dije que sí.
Colocó un libro de oraciones frente a mí, leyó una bendición, cantándola y me pidió que la repitiera. Lo hice… luego me dijo que siguiera repitiéndola una y otra vez, en voz alta, con la misma música… y se fue…
Repetí la frase de un renglón y medio hasta el cansancio, después de una hora volvió y me dijo que me podía ir, que volviera la semana siguiente.
Así pasé los últimos seis meses antes de mi Bar-Mitzva. Repitiendo esa frase, solo, en medio de la gran biblioteca.
Llegó la fecha de mi cumpleaños número trece, familia y amigos se reunieron para celebrarlo.
Solo unos minutos de las tres o cuatro horas que duró la ceremonia, estuve parado al lado del rabino frente a la comunidad de ese inmenso templo y solo tuve que cantar esa corta bendición que me iba marcando el rabino con una manito de plata en el Libro de los Libros.
Aun después de esto, durante toda mi vida, seguí negando la existencia de Dios, pero por las dudas hice un trato con El, en caso de que existiera, yo nunca le pediría nada y sólo agradecería lo que me fue dado vivir. Amén.
Con un aplauso para el guía, finalizó el encuentro y cada uno siguió su camino…
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