La población palestina de los ``territorios ocupados'' (la Franja de Gaza y Cisjordania) alrededor del año 1967 era de 1.045.000 personas. La población palestina de los ``territorios ocupados'' en 2007 se estimaba en 4.000.000.
Estas cifras indican un crecimiento poblacional de 2.955.000 en el lapso de los 40 años transcurridos entre 1967 y 2007, lo que implica un crecimiento de 49.250 nuevos pobladores cada año; 4.104,2 nuevos pobladores por mes; 134,9 nuevos pobladores diarios; 5,6 nuevos pobladores por hora. La población de los ``territorios ocupados'' se multiplicó en 400% en cuatro décadas; esto implica una tasa mensual de crecimiento demográfico del 6,7% anual durante 40 años.
¿Se puede comparar una tasa del -11% anual con una tasa del 6,7%?. ¿Es lo mismo la reducción del 74,5% de la población con el crecimiento del 400%? Pues esto es lo que comparan quienes afirman que los judíos le hacen a los palestinos lo mismo que los nazis le hicieron a ellos.
Si esta comparación no bastara para ver lo absurdo de la comparación, deberíamos preguntarnos: ¿qué es un genocidio?
En el año 1948 se realizó la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, de la cual salió una resolución que bajo el número 260 (III) A fue aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 9 de diciembre de 1948, entró en vigencia el 12 de enero de 1951 y en su Artículo II define lo que se entiende por genocidio:
``Artículo II: En la presente convención, se entiende por genocidio cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como ser: matanza de miembros del grupo; lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo; sometimiento intencional del grupo a condiciones extrañas de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial; medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo; traslado por la fuerza de niños del grupo a otro grupo''.
¿Cuál de las dos situaciones se asemeja a la descripta en el Artículo II? Esto muestra, por si hiciera falta, el grado de parcialidad antisemita -o de ignorancia objetivamente antisemita- de quienes acusan a Israel de genocida.
Sólo alguien ignorante o abiertamente malintencionado puede ser capaz de comparar ambas situaciones como hacen descaradamente muchos ``neófitos disfrazados de expertos'' de la intelectualidad ``progresista'', quienes inclusive llegan al delirio de plantear que lo que les pasa a los palestinos es ``peor'' que lo ocurrido, no sólo a los judíos, sino a cada uno de los pueblos que han sufrido calamidades a lo largo de su historia.
El consenso antisemita acrítico está tan extendido que, a pesar de los indicadores de arriba, a pesar de la inexistencia de una política genocida por parte de Israel, se ha ``naturalizado'' esta consigna de tal manera que muchos de los que la sostienen (incluyendo a algunos judíos como los ultra religiosos'' de Naturei Karta o los ``ultra ateos'' como Noam Chomsky o José Wermus - Jorge Altamira-) encuentran perfecta coherencia en defender regímenes como la teocracia ultra religiosa de Irán (que niega sistemáticamente el Holocausto judío mientras anuncia explícitamente su intención de realizar un nuevo Holocausto que acabe con Israel) o apoyan abiertamente a grupos terroristas como Hamás o Hezbollah, en cuyos estatutos se hace expresa mención de la liquidación de Israel como objetivo estratégico, mientras que al mismo tiempo corean consignas calificando a los judíos de ratas, atacando instituciones mutuales comunitarias, sinagogas, cementerios, escuelas, etc., por el hecho de pertenecer a la comunidad judía.
Gritan consignas reivindicatorias del nazismo mandando a los judíos a las cámaras de gas (Francia, Holanda, etc.) o a los hornos crematorios (Estados Unidos), mientras se atreven a acusar a los judíos de nazis.
En sus discursos niegan el carácter judío del Estado de Israel para ocultar su cada vez más evidente judeofobia, mientras que al mismo tiempo afirman el supuesto carácter confesional (judío) de dicho Estado, y también atacan edificios comunitarios, domicilios particulares y empresas de ciudadanos argentinos de fe judía, ligando en su práctica lo que escinden en su discurso.
El nazismo no sólo fue un régimen político de dominación sino que, fundamentalmente, fue una forma extrema y particular que asumió el antisemitismo en el siglo XX. La seña particular del nazismo fue su antisemitismo exterminador; por lo tanto, es un disparate digno de ``analfabetos ilustrados'' acusar a un judío (o a un colectivo de ellos) de ser nazi. Particularmente porque lo que define al nazismo es su negación de ``lo judío''.
Por el contrario, ``nazis'' son quienes afirman que el pueblo judío no tiene derecho a tener su Estado. ``Nazis'' son quienes, haciendo gala de un ``humanismo selectivo'' callan ante las muertes de israelíes. ``Nazis'' son quienes condenan las acciones terroristas de ETA, Al Qaeda, las FARC, etc., mientras aplauden las acciones de ``resistencia'' (asesinato de civiles israelíes) de Hamás, Hezbollah, la Jihad Islámica, etc. ``Nazis``, finalmente, son quienes se erigen en ``jueces de la moral'' reservándose el derecho a discriminar a determinados pueblos exigiéndoles una moral absoluta; quienes se arrogan el derecho a negarle a los judíos los mismos derechos que apoyan en otros pueblos (derecho a la vida, a la autodefensa, a la autodeterminación nacional, a vivir en paz, etc.). No hay lugar posible para llamarse a engaños; ``nazis'' son quienes acusan a Israel intentando desembarazarse de su antisemitismo proyectándolo sobre el Estado judío.
El contexto que vivimos hoy nos recuerda al vivido en Alemania durante la República de Weimar con las calles ocupadas por hordas de ``camisas pardas'' que cobardemente (en pandilla) atacaban verbal y físicamente a instituciones comunitarias e integrantes de la colectividad judía ante el silencio cómplice de funcionarios de Gobierno (algunos, ante la gravedad del asunto, ya comenzaron a reaccionar).
Estos grupos de asalto, conformados en exclusividad por insignificantes, poco representativas pero extremadamente ruidosas sectas
Argentina es un país con una larga tradición antisemita; larga más no extendida. Esta tradición es sumamente peligrosa pues durante la mayor parte de su historia ha tenido el aval explícito o implícito de los poderes del Estado. Esta tradición se extiende desde los ``jóvenes patricios'' de la Liga Patriótica (y otros no tanto de la Unión Cívica Radical), quienes durante la primera presidencia del radical Hipólito Yrigoyen, en el contexto de la Semana Trágica, fueron los responsables del primer pogrom de América. Luego los asaltos a barrios judíos que ocurrieron el 17/10/1945 y que describe Daniel Lvovich en un artículo en la revista Índice bajo el título: ``La presencia nazi en el Gobierno de Perón representada por la Alianza Libertadora Nacionalista''.
En la infame circular Nú11 de 1938 de la Cancillería argentina se ``desalentaba'' a dar refugio a los judíos perseguidos por el nazismo. Posteriormente, la transformación de Argentina en refugio de criminales nazis a finales de la Segunda Guerra Mundial. Luego, la presencia de la Organización ``nacionalista'' Tacuara y sus múltiples atentados antisemitas durante la década del '60. Se destaca el hecho que este es el único país en el mundo con una versión vernácula de los infames ``Protocolos de los Sabios de Sión'', me refiero al ``libelo'' llamado ``Plan Andinia''.
El trato diferencial dispensado a los detenidos-desaparecidos de origen judío secuestrados en las mazmorras militares durante la dictadura militar argentina de 1976-1983, entre muchas otras cosas.
Recuerdo el amargo relato de un periodista amigo, de origen judío, militante de izquierda en los '70 y que le tocó el triste destino de ser detenido-desaparecido durante el proceso.
Esta persona me relataba la angustia que sentía cuando luego de interminables sesiones de tortura (en las que debía tolerar un ``extra'' por su identidad judía), era devuelto a su celda y allí soportaba ``charlas políticas'' con sus compañeros de infortunio en las cuales estos repetían las mismas diatribas y prejuicios antisemitas de sus torturadores pero mientras aquellos las dirigían hacia ``los judíos'', sus víctimas de ``izquierda'' lo hacían contra Israel.
Con semejantes antecedentes no es de sorprender la explosión de la furia antisemita que hoy se observa en una parte de la izquierda argentina. De todas maneras esta descomposición ideológica de este sujeto social, como vimos en el caso de la alcaldesa ``socialista'' de Ciempozuelos, es universal.
Las sociedades tienen un ``resto'' de antisemitismo perenne conformado por ideas como por ejemplo la ``externalidad'' de la comunidad judía respecto de los países donde viven. Recuerdo que cuando el 18 de julio de 1994 terroristas islámicos volaron la sede de la AMIA (Asociación Mutual Israelita Argentina), el entonces presidente, el Dr. Carlos Saúl Menem, envió sus condolencias a Israel como si la mutual de los judíos argentinos fuese territorio extranjero. Algunos años después, el ex canciller Carlos Ruckauff creó una ``Oficina de Asuntos Judíos'' en el ámbito del Ministerio de Relaciones Exteriores (como si la comunidad judía argentina fuese una nación extranjera).
Hoy en día el actual líder del mayor movimiento antisemita de la posguerra en Argentina, el ``kirchnerista'' Luis D'Elía, siguiendo esta línea de ver a los argentinos de origen judío como conciudadanos tuvo un exabrupto mediante el cual continúa esta línea de ``extranjerización'' de sus compatriotas judíos.
Dijo D'Elía refiriéndose a la guerra de Israel contra Hamás: ``Los judíos argentinos deben pedir explicaciones a su Gobierno''. Este exceso verbal esconde, por un lado, la idea conspirativa de la doble lealtad (los judíos son a la vez argentinos e israelíes siendo, por supuesto, más leales a este último país). Por otro lado, del discurso se desprende que para este autor judío, sionista e israelí son sinónimos.
Siguiendo a rajatabla el razonamiento de este autor, nosotros, judíos argentinos, deberíamos pedirle a nuestro Gobierno las siguientes explicaciones: ¿por qué una persona que violó las leyes vigentes en Argentina asaltando una comisaría, en vez de estar rindiendo cuentas por el delito que cometió, actúa como portavoz ``oficioso'' del Kirchnerismo sin que nadie lo desautorice, enarbolando discursos profundamente antisemitas, defendiendo a un Estado que está sospechado de estar involucrado en dos atentados contra ciudadanos argentinos violando la soberanía nacional. Además de que estas operaciones apologéticas de la violencia y la discriminación las realiza ``becado'' con una jubilación de privilegio que se le abona del erario público, o sea que vive indirectamente de los impuestos que los judíos argentinos con sus ``capitales sionistas'' pagan.
Sinceramente, los dichos de D'Elía son un insulto para los miles de judíos. En mi caso particular es inadmisible; soy cuarta generación de argentinos (con un bisabuelo nacido en 1893 en Moisesville), y tener que estar explicando a antisemitas como D'Elía que mi bisabuelo, tres de mis abuelos, mis padres, yo y mi hijo somos ciudadanos argentinos, que no tenemos ninguna otra nacionalidad más que la argentina y que nuestro Gobierno (al cual dice que tenemos que pedir explicaciones) es el de la Dra. Fernández de Kirchner.
D'Elía, como es un asno prejuicioso, ignora estos hechos. Aplicando el mismo criterio, deberíamos responderle que vaya a Italia a pedirle a su Gobierno que rompa relaciones con Israel y que se deje de insultar a los judíos argentinos.
Dije hace poco en una carta personal: ``Esta capacidad de auto-regeneración del antisemitismo, el cual quedó desprestigiado en su versión de derecha y ahora aparece reciclado en una versión de izquierda, es algo apasionante para mí como científico social, pero como judío me aterroriza esta perenne perdurabilidad de odio en contra de mi pueblo''.

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